"Si un hombre aspira a una vida correcta, su primer acto será abstenerse de dañar a los animales"
Leon Tolstoi
Por: Yily Stefany García M.
Antes que nada quisiera, estimado lector, que se sitúe en un barrio popular. De esos donde usted encuentra hasta 4 tiendas en una misma cuadra, en donde la vecina normalmente le saluda todas las veces que usted salga de sus casa en el día (no importa si es hasta 20), donde el jolgorio de los niños corriendo por las calles es la alegría del barrio, en donde es imperdonable que el señor de la mazamorra no pase un día; en fin, si ya se logró ubicar, no le será muy difícil reconocer el siguiente panorama a enunciar, por no decir, denunciar.
El perro de la cuadra se llama Trosky, aunque no milite en el comunismo. Digo el perro de la cuadra, porque además de que fue el primero en llegar ahí, muchos vecinos le dan comida. El único problema es que ahora no es solo Trosky, a su condición de callejero se han unido otros 4 perros, y eso que ni hablar de la manzana de atrás: tienen como 7. El problema se está volviendo complejo. Ayer mi mamá me contó que un niño le pegó a uno de los perros y éste lo mordió, por eso llamaron a la única parte a donde a uno se le ocurre llamar: La asociación protectora de animales y plantas, pero no pudieron solucionarnos nada, pues tocaba llevarlo hasta allá, y no había ni quién, ni cómo ni con qué llevarlo. Pero ahí vamos, el barrio tiene, fácilmente, unos 50 perros en estado de calle y se dice por ahí que la mejor solución es envenenarlos. Sí, eso es lo que comúnmente hacen con los habitantes de la calle.
Gandhi decía que la cultura de un pueblo se mide por el trato que éste da a sus animales, y la nuestra sigue siendo la cultura del asistencialismo. No quiero destruir lo poco que se ha logrado: campañas esporádicas de vacunación, desparasitación y algo de conciencia ciudadana sobre el problema de los animales en estado de calle; pero la realidad que se vive en los barrios populares de Pereira y Dosquebradas grita por sí misma que se debe tomar medidas mayores, más comprometidas.
La secretaría de salud y seguridad social como delegado de la Alcaldía para estos casos, tiene la responsabilidad no sólo de ponerse en boca de la ciudadanía cuando hace un evento como la caminata del domingo pasado, (hago la salvedad, no es que me parezca mal, por alguna parte hay que empezar, pero, mientras se toma la decisión de ejecutar un plan realmente estratégico ya serán muchos más los animales que se encuentren en tan lamentable situación) sino también, y ante todo de brindar soluciones definitivas, campañas de verdadero impacto social, no son solamente 500 vacunas, es un programa masivo de esterilización, poner fin a la reproducción de los perros y gatos en la calle, como lo sostiene el médico veterinario y zootecnista Milton Sierra Mendieta. Hay que remover la “cultura” de aquel ciudadano que hoy tiene un perro y mañana lo bota como si fuera desechable.
Aún así, me es obligatorio hablar del trabajo que pequeñas organizaciones como CLAN (Colectivo de liberación animal), Patas y Pies y El Callejerito, todas organizaciones sin apoyo del Estado, que a pesar de no contar con ayudas específicas se le midieron a la tarea de cambiar la conciencia de dicho ciudadano promedio. Muchos de ellos jóvenes que con gestión y mucho amor realizan jornadas de adopción y de educación sobre la tenencia responsable de mascotas, así como adelantan campañas en contra de todo tipo de maltrato animal.
Sin embargo, los entes Estatales deberían ver en estas organizaciones una columna en dicha labor que les corresponde a ellos en principio, y de este modo apoyar dichas causas, y así aunados dar resolución a un problema social, de salud, e incluso humanitario. Hasta que no dejemos de ver al animal como ser insensible y ajeno, no podremos compadecernos en realidad del dolor que padece. Pensemos, el perro y el gato de la calle no tienen Sisben. Este es un compromiso tanto del que ama los animales (quien escribe), así como quien no simpatiza con ellos, pues el hecho de que no sean de su agrado no los hace merecedores de malos tratos, padecer frío, hambre y la indolencia de la sociedad.
Recuerda siempre esta pregunta:
¿QUIÉN FUE EL QUE EVOLUCIONÓ?
Bajo la tenue sombra de una imponente catedral yace extendido el cuerpo de una vieja y arrugada anciana, sus ojos solo expresan la intolerable frustración de una vida injusta y miserable; junto a ella un par de fieles caninos malolientes custodian la ya corta existencia de la mujer.
Al otro lado de la ciudad cerca a un sucio rio se encuentra un harapiento y desdeñoso ciudadano, acompañado de un particular sequito de incondicionales secuaces juega alegremente en las negras aguas del lugar.
Una vieja lesbiana de apariencia bastante masculina acoge en su tan incómoda vivienda varios traviesos felinos; la mujer ya es fea y carece de atractivo para las presuntamente hermosas señoritas, sabe que quizás muera sola y que su única compañía podrían ser sus habituales compañeros.
El vivaz jinete desnudo mientras elegantemente galopa parece observar triste y decepcionado como cientos de nobles e indefensos camaradas son constantemente ignorados, golpeados e incluso brutalmente masacrados.
La ciudad es ahora un inmenso valle de concreto, infestado de seres arrogantes e insensibles; en las calles solo se logra percibir el hedor insoportable que transpira esta sociedad egoísta y codiciosa.
En las noches solo se escuchan los ladridos y maullidos desesperados de cientos de seres que también habitan esta indiferente e indolente ciudad; en las noches perros y gatos por igual transitan las frías calles con placida y efímera libertad.
Un musculoso e imponente miembro de la autoridad baja de su costosa y blanca motocicleta, saca de entre su verde pantalón una minúscula pistola, dispara al aire en la primera ocasión; al ver que los perspicaces caninos aun siguen refunfuñándole dispara iracundo en la cabeza del más grande can.
Un distinguido señor de cuello blanco mientras visita hipócritamente un marginal barrio, agobiado por la inquieta actitud de los juguetones perros decide golpear a escondidas a uno de ellos; el zapato destellante y lustrado del importante caballero rompe el ojo de un pequeño cachorrito.
Un par de adineradas y soberbias damas, cansadas de ver tantos gatos entre sus extravagantes jardines deciden servir en unos coloridos y pequeños recipientes un poco veneno para los tan inapropiados visitantes.
La ciudad parece ser solo la versión más moderna de una selva feroz; atiborrada de animales que asesinan a otros por placer, esta parece ser la ley de una vida cruenta y violenta carente de dignidad.
Después de todo nadie impidió que la vieja y arrugada anciana muriera olvidada en la esquina de una calle, nadie impidió que el harapiento y desdeñoso ciudadano fuera asesinado y arrojado a las aguas negras, nadie impidió que la vieja lesbiana muriera abandonada en su tan incómoda vivienda. Pero de seguro si los perros y gatos pudiesen hablar alzarían canticos y alabanzas a tan escasos mártires de esta sociedad.
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