Dos connotados juristas, Rafael Fernando Henao Cárdenas y Fausto Enrique Huerta G. y el filósofo Gonzalo Hugo Vallejo, dialogan sobre el controvertido legado de Hans Kelsen y su impacto en el mundo del Derecho, la Pedagogía y la Política.
Austria se prepara para celebrar los 90 años de su Constitución Política que la erigió en República después del desmoronamiento del Imperio Austrohúngaro tras su derrota en la Primera Guerra Mundial y se apresta a homenajear a su insigne redactor: Hans Kelsen. De igual manera, el mundo de la idea jurídica celebra las efemérides de sus grandes obras: los 100 años de “Problemas fundamentales de la doctrina del Estado del Derecho” (“Hautprobleme der Staatsrechtlehere”) donde cimenta su positivismo jurídico; 90 años de la “Esencia y Valor de la Democracia” (“Vom Wesen und Wert der Demokratie”) donde hace una defensa de la democracia parlamentaria; 85 años de la “Teoría General del Estado” (“Allgemeine Staatslehre”) donde aparece la idea del escalonamiento jurídico y de la utocreación del Derecho; 75 años de la “Teoría pura del Derecho” (“Reine Rechtslehre”) y 50 años de haberse reeditado esa obra cumbre de la filosofía del Derecho en el siglo XX desde la perspectiva de la Dogmática Jurídica... Suficientes argumentos para hacer referencia a su controvertido legado iusfilosófico, político y pedagógico.
Teórico
Kelsen es considerado el mayor teórico del Derecho del siglo XX. Su labor es reconocida por todos: jurista, filósofo neokantiano y profesor de Derecho en las universidades de Viena, Colonia, Ginebra, Praga, Harvard y Berkeley, entre otras; pedagogo consumado, enemigo de la cátedra mediocre, vaga, asistemática y confusa; experto en Derecho Constitucional Comparado y Derecho Internacional Público. Como magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Austria y redactor de la Constitución de 1920, fue uno de los creadores de la Alta Corte Constitucional, órgano de poder capaz de anular cualquier norma contraria a la “Carta Fundamental”. Opositor de los regímenes totalitarios tanto fascistas como marxistas y a su vez, un consumado jurista teórico antiliberal, postura que no le restó méritos para ser considerado como uno de los más importantes demócratas del siglo XX. Los aportes del pensamiento jurídico kelseniano obligan al filósofo del Derecho hispano-mejicano Luis Recaséns Siche, uno de sus más fervientes discípulos, a decir que, sin exageración alguna, el paisaje cultural jurídico “está dividido en dos grandes sectores contrapuestos: los kelsenianos y los antikelsenianos”.
Juristas no positivistas de la talla del catedrático español Luis Legaz Lacambra, afirman que la Filosofía del Derecho es, ante todo, un ejercicio dialéctico donde uno de sus protagonistas antinómicos debe ser Hans Kelsen. Su dogmatismo jurídico expresado en su Teoría pura del Derecho; su ascendrado positivismo lógico y su abierta contraposición con el iusnaturalismo; sus obsecuentes tesis conservaduristas; su determinismo parlamentarista y su abierta oposición a las libertades económicas, no fueron óbice para convertirlo, con sus 400 textos jurídicos memorables, más de 1.300 obras dedicadas a comentar su obra, traducciones hechas a 24 idiomas y sus 11 doctorados honorarios, en uno de los clásicos más leídos en la historia de la idea jurídica, pero también y de manera curiosa, en uno de los autores más desconocidos, incomprendidos, mal reproducidos y vulgarizados, reduciéndose la complejidad de su mundo filosófico-jurídico a la simplicidad de un párrafo, la transcripción de una receta normativa, un diagrama piramidal o una frase de clitsé.
Moral socialista
Por la profundidad y el poder coherente de su obra, irónicamente, se convierte en un inspirador de la moral socialista y un adalid de las libertades políticas (expresión, reunión, sufragio). Paladín del principio de la autodeterminación de los pueblos; promotor de la paz, como buen Kantiano a través de la constitución de los organismos supranacionales y de organismos intranacionales, gendarmes del orden jurídico interno (“Un Estado de Derecho es garante de la paz comunitaria... Un Estado de Derecho es, esencialmente, un Estado de paz”). Kelsen se convierte en un ideólogo de las políticas socialdemócratas tras la II Guerra Mundial y en un defensor a ultranza del intervencionismo estatal expresado en las teorías económicas y sociales de corte keynesiano. Pensadores de la talla de Norberto Bobbio en Italia (Escuela de Turín), Erich Kauffmann en Alemania, Adolf Merckl en Austria (Escuela de Viena), Alf Ross en Dinamarca y Herbert L. Hart y Joseph Raz en Inglaterra, rinden en sus textos un tributo de respeto y admiración por la obra del insigne jurista.
La vigencia del pensamiento kelseniano debe enfocarse más desde una perspectiva léctica estructural y crítica que de una amañada adaptación de sus polémicas tesis convertidas por ciertos “profesores” del Derecho en fastidiantes y tediosas monsergas. Leer a Kelsen implica asumir una actitud vigilante y avizora sobre los riesgos que trae consigo la aplicación, ayer y hoy día y a pie juntillas, de sus peligrosos argumentos jurídicos. Pretender, por ejemplo, ver el Derecho no como una disciplina dialógica con el mundo de los saberes, sino como un fenómeno autónomo, libre de cualquier otra consideración psicológica, sociológica o ideológica; intentar separar radicalmente las regiones del Derecho del mundo de lo ético, moral o axiológico, o de cualquier otra “contaminación” extra-legal y hacerlo, así, “puro”, es, a la luz de los nuevos tiempos, un imposible categórico. Los juicios de valor (entre ellos la idea de justicia) no pasan de ser, para Kelsen, simples expresiones de “irracionalidad”.
Fue así cómo la ortodoxia sacerdotal kelseniana quiso convertir el objeto y el método de estudio del Derecho, en una verdadera ciencia litúrgica del espíritu, de espaldas a una realidad sociopolítica que ha reclamado secularmente y con vehemencia, en el dramático acontecer socio-temporal, la entronización de una justicia restaurativa.
Teleología
Definir el Derecho como un producto teleológico, propio de la voluntad del legislador, descartando como legítima cualquier otra fuente productora del mismo que, al no ser susceptible de control efectivo, pasa a ser catalogada por el pensamiento kelseniano como “anticientífica”, se convierte en un despropósito epistemológico aún en los tiempos del jurista vienés cuando ya Gaston Bachelard, la Escuela de Frankfurt y la Sociología Jurídica de aquel entonces, dejaban en claro la anticientificidad de todo planteamiento ajeno a la pluridimensionalidad histórica, económica, política, ideológica y socio-jurídica, además de ser una aventura riesgosa el hecho de darle un excesivo poder al órgano legislativo y al mismo Estado de Derecho que convierte a la ciencia jurídica en un Derecho de Estado, legitimando, de manera contradictoria, regímenes de facto o en su defecto, formas parlamentaristas de gobierno, lejos de todo tipo de control político y social.
En su “Teoría general del Estado”, aparece por primera vez la teoría kelseaniana del escalonamiento o jerarquía normativa, influido por la idea neohegeliana de la auto-creación del Derecho de su discípulo Adolf Julius Merkl, la cual no tomaría forma definitiva hasta la aparición de la “Teoría Pura del Derecho”. Los elementos propios de su Teoría del Estado (poder, territorio y nación) los circunscribiría a simples asuntos de validez jurídica, anteponiéndose la legalización de ciertas prácticas socio-culturales a la legitimación histórica y socio-política. Aún en su simplicidad, las ideas jurídicas liberales más moderadas no identifican el Derecho con el Estado, ni siquiera lo consideran una parte del mismo. El Derecho es una institución de creación humana viva, asuntiva, colectiva y evolutiva que convive con el Estado y que, además de contextualizarlo, lo regula. Visto en contrario, se convertiría en una simple colección de mandatos coactivos sublimados ideológicamente y que, en conjunto, estructurarían una forma de conciencia social.
Corpus iuris
Pero hay algo más: el Derecho no se puede reducir a una ley escrita como lo pretendía esta escuela de positivistas lógicos. Ese “corpus iuris” es un acervo normativo que reproduce y/o refleja una realidad social o unos paradigmas conductuales cuyos idearios se encaminan a buscar el bienestar del individuo y a encontrarle un horizonte de sentido digno, justo y equitativo a las disímiles prácticas de la convivencia humana. Otro tema de aguda controversia tiene que ver con lo que, hoy por hoy, se ha denominado “clase política”, que inficionaría el aséptico sistema de partidos propuesto, desvirtuando el principio Kelseniano de que éstos tienen fundamental importancia como “órganos de formación de la voluntad estatal”, todo un sistema imbricado y regulado por la Constitución política de un país, una institución emblemática de todo sistema democrático (“Si se es hostil contra los partidos, se es hostil contra la Democracia”). El transfuguismo, la falaz ley de bancadas, el clientelismo, las obediencias serviles, el caudillismno, el manzanillismo, los partidos como apéndices presidencialistas, el financiamiento doloso de sus postulantes, etc., son elementos que hoy forman parte de un imposible aplicativo de su teoría.
Hans Kelsen, a partir de su llegada a los Estados Unidos (1940-60), centró su interés jurídico en el estudio del Derecho Internacional y en asesorar el comité de las Naciones Unidas que prepararía técnica y legalmente la asunción del Tribunal Internacional de Nuremberg que juzgaría los crímenes de guerra. Pero, sumido en su retórica y en su nominalismo jurídicos, no advertía que su defensa del carácter prescriptivo (coactivo) de la ley, la cual descansaba en un acto explícito de la voluntad política, justificaría, pro témpore, los más abyectos totalitarismos. Aun así, su propuesta sobre un nuevo orden jurídico internacional revalidante de los planteamientos del dominico español Francisco de Vitoria y del filósofo alemán Manuel Kant (“La paz perpetua”), lo llevarían a expresar al final de la II Guerra Mundial que “asegurar la paz mundial es nuestra tarea política principal. (...) no es posible el progreso social esencial mientras no se cree una organización internacional mediante la cual se evite efectivamente la guerra entre las naciones de esta Tierra”.
Estado mundial
Esa preeminencia del Derecho Internacional sobre los Derechos de las naciones, pondría en alto riesgo la encumbrada posición piramidal de las Constituciones Políticas de los diferentes países. Kelsen, enemigo acérrimo del Nazismo alemán y del fascismo italiano, se convertiría por obra y gracia de sus sacrosantas tesis, en un apóstol defensor de la existencia de un Estado mundial que monopolizaría la fuerza internacional, con todos los riesgos geopolíticos que esto conlleva. Sus argumentos jurídicos positivistas le darían sentido a las tesis rooseveltianas sobre el “Manifest Destiny” y el “New Deal”, preconizadas por los sempiternos defensores del “American way of life”: economía de mercado, consumismo, tratados de libre comercio, neoliberalismo y globalización. La historia de la praxis jurídica, de cara a la realidad socio-política de nuestros pueblos, se encargará de hacerle un “juicio de garantías” al ideario jurídico kelseniano, procurando respetar derechos, presunciones y salvaguardas que el mismo sistema instaurado por el jurista austríaco le negó a sus opositores.
fahugu@hotmail.com/ gonzalohugova@hotmail.com/ rafhyn@hotmai.com
Si Jaime Garzón
estuviera vivo
John Harold Giraldo
Si Jaime Garzón estuviera vivo la burla sería el único hecho democrático del país. Ningún «actor» del conflicto estaría exento y tendría que pasar primero por el banquillo de la imitación. Entre nosotros algo tan sutil pero profundamente serio estaría vivo: la risa. Sin embargo, la risa nos la mataron desde el 13 de agosto de 1999 cuando unas balas asesinas venidas de un grupo de crueles-mentes-poderosas dejaron como precedente que aquí no es valido reír, y no fue la risa de Garzón, fue la de todo un pueblo, sobre todo de aquellos escépticos del mundo de la política, de las personas comunes y corrientes quienes gozábamos a carcajadas de las desastrosas acciones de los líderes políticos, de los corruptos, de quienes asesinan y enajenan el alma.
Detrás de cada personaje que imitaba había un intento por reflejar los estragos del poder. Una manera de informar poco cultivada en el mundo: digerir los hechos con la burla y el sarcasmo.
Una mano oscura y horripilante que no deja tocar sus grandes territorios conquistados a sangre, fuego, robos, masacres, colonizaciones de la fe, y otros tantos arsenales de armas estarían siendo combatidos por Garzón y sus secuaces con una chanza, una modelización, o una forma de narrar a partir de la dramatización cómica.
Si Jaime Garzón estuviera vivo, no tendría un Magazín que se llamara Zoociedad, sino Suciedad. Sufriría con la muerte de Pepe, pero también con el asesinato de cada líder sindical y con la paulatina manipulación de la opinión pública; tendría un emulo de uno de esos aserradores de personas y tal vez lo pondría vendado para evitar las aberraciones. Su noticiero no sería Quac, sino Plop, para mostrar el derrumbe de proyectos fracasados, entre ellos el de la desmovilización de los paramilitares, los fiascos en el intercambio humanitario y en contraste el ascenso de las palmas africanas, las fallas en la erradicación de la coca, el incremento de tropas gringas y nos haría reír con incertidumbre de los grandes megaproyectos que hoy invaden a l país.
Si Garzón viviera tendría un reality, donde todos los actores del conflicto gozarían de participación. Él haría del hermano de algún ministro montado en una motoneta regalada por algún para. A todos los pondría en un lugar poco espacioso a vivir sus experiencias. Muy seguramente estarían Gabino, El mono Jojoy, un narco extraditado, un general en retiro, un guerrillero raso, un desmovilizado movilizado por una moto último modelo, un político “independiente”, un secuestrado, un desplazado, un exiliado, una presentadora de farándula fracasada, un reportero llamado William Garra, un presidente de mano dura y espíritu guerrero y ahí queda el espectáculo listo para el husmeo de una cámara, no se puede quedar por fuera un parapolítico. Y los televidentes podríamos votar.
Si estuviera vivo tendría mucho de qué burlarse de la casa de Nariño, con Dioselina Tibaná como cocinera de Palacio nos pondría al tanto de las triquiñuelas, personajes poco gratos, hablaría de José Obdulio Gaviria, aunque este lo tuviera denunciado por calumnia. Se pasaría por el fajo a los hijos del presidente y en su honor haría un nuevo personaje. Pondría de nuevo en el edificio Colombia a Nestor Elí de celador, para ver por donde andan los corruptos repartiendo el pastel.
Heriberto de la Calle haría de lustrabotas, dejando huella en los zapatos de las “personalidades” del país; gozaríamos con las sentencias y predicciones anticipadas de Godofredo Cínico, con las aseveraciones del compañero Lenin (un estudiante de izquierda) y con aquellas imitaciones inmortales que viven entre los colombianos.
Si Jaime Garzón viviera pasaría de un Magazín desinformativo, como él lo llamaba, a un melodrama desgarrador y parodiaría la frase “célebre” de cierto programa de opinión: “aquí encendemos las luces para ver bien las noticias”, en cambio diría “aquí se apagan las luces para no ver tan despiadadas formas de presentar las noticias”. Contrataría a Frankenstein Fonseca, el periodista de crónica roja, y lo colocaría a contar muchas de tan funestas muertes del país. A Chávez le tendría un muñeco, sus monerías serían el hazmerreír o tal vez crearía un engendro del que saliera un solo personaje, se podría llamar “Cochavo”.
Si Jaime Garzón viviera estaría en proceso jurídico por farc, eleno e izquierdo política. No escatimaría en sacarnos una risa, en denunciar a los corruptos, en pisotear llagas, contaría con una audiencia asediada por la competencia, estaría de intermediario en el conflicto, aunque desde la casa da Nari lo hayan vetado. Estaría metido en muchos enredos, contaría con una que otra proclama y campaña de su cuenta para ayudar a los desfavorecidos. Lastimaría al poder y a los poderosos con las carcajadas. Pero si Jaime Garzón estuviera vivo, ya le habrían propinado cinco balazos, de nuevo lo hubiesen vuelto a matar.
* Docente Universidad Tecnológica de Pereira. john.giraldo.herrera@gmail.com
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