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Viernes, Octubre 19 - 2018 Pereira - Colombia

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CRÓNICA
Morir de amor con un bolero
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Ángel Gómez Giraldo


Algo pasa para que se me diga  que ahora que el regaetón anda un tanto  alborotado, haya  gente que muere con un bolero, el mismo que ponía a llorar a las parejas de enamoradas en un romanticismo de serenata.

 

“Amorcito corazón”, de Pedro Infante, fue el bolero de asalto el sábado 29 del pasado mes de  septiembre en un bar que tiene nombre de fuente espiritual: Zen Bar, del conjunto residencial La Castellana por la Avenida Sur de esta ciudad, que fue hecha por la música para que nunca pierda la alegría.

 

¿Y saben? El bolero no es de la mañana y del sol sino de la noche y la luna.

 

Pues les cuento que supe llegar allí con una recarga de sol un poco obtuso. Sin embargo  el lugar estaba tan florecido de entusiasmo que parecía hecho para esperar el nacimiento de la música.

 

Entusiasmo

Consola para discos, amplificador, mezclador, unidad de discos compactos conectado a un computador y bafles en las mesas. Todo esto ya como reliquias sagradas para aquellas personas quienes recibían garrote del amor y sobreviven gracias a la melodía.

 

Discos en formato de 78 y 33 revoluciones. Pura pasta, acetato y vinilo presumiendo jerarquía ante otros discos pequeños, los compactos que los mayores adultos miran con desconfianza. Hay revuelo y mucha expectativa entre los invitados. 

 

 Y no es para menos ya que en minutos se dará comienzo al encuentro de coleccionistas de la música que como los discos de pasta se niegan a desaparecer, a ser fusilados por los ritmos modernos.

 

Tan cierto es que esta vez la audición es para el bolero mexicano y antillano, en tres rondas para los coleccionistas participantes.  

 

Un poco más tarde debuta la presencia de René, luciendo guayabera de manga corta,  la de Rosita su esposa con blusa a toda flor  y el colectivo Melodías del 50 a los cuales es fácil identificar como organizadores del evento porque tienen el corazón por fuera. Julio Pineda con sonrisa esmerilada, el coronel José Emiro Palencia con un tocado de paloma blanca, sombrero aguadeño sobre la cabeza. El médico Gustavo Múnera Bohórquez con el paisaje guajiro entre las manos. El amigo Javier Gómez ataviado con la sonrisa de siempre y con sombrero cabecinegro elaborado con palma del Pacífico colombiano.

 

Juan Carlos Álvarez ufanándose de una colección de 12.000 discos en formato LP y 40.000 en formato de 78 revoluciones.

 

Comienza la primera ronda de audiciones para los de 78 revoluciones.

 

 Y viene “Toda una vida” en la voz de José Nel Refugio Sánchez,  conocido en el mundo artístico con el nombre de Cuco Sánchez.

 

Rosita Franco, esposa de René, nos puso con historia y todo “Cenizas”, en las voces de Las Hermanas Hernández.

 

Cuando ya la audiencia había aumentado tanto que conté 80 participantes, y las canciones viejas se pasaban con cerveza y whisky, dos cantantes que cuando interpretan canciones sacan el alma y la ponen a correr detrás del corazón, irrumpieron en el salón; una de ellas nuestra querida Samara y la otra la venezolana Madre Perla.

 

Nelly Muñoz, esa que es dama del periodismo pereirano me señala con los ojos a Samara y me dice que tiene una melodía tan vital que cuando está en escena no solo canta sino que también hace cantar. Yo entiendo su frase tan simbólica y entonces le “mato”  los ojos para un gesto de credibilidad.

 

Aquí vuelve René y aparece con una negra Club Colombia en la mano para intervenir en otra ronda de audiciones, y así es como se escucha “Un poco más”, canción interpretada por Álvaro Carrillo que cantó hasta en  Japón.

 

Terremoto

El entusiasmo de los coleccionistas hizo levantar de la silla a la cantante venezolana Madre Perla que puso mariposas amarillas sobre todos los coleccionistas participantes, con su voz  grande hecha para las máximas alturas y de una dicción clara como el agua que corre.

 

Esa voz enorme produjo un terremoto en La Castellana, moviendo primero el cuerpo de la artista y luego todo el edificio de la sede melómana.

 

Ya bien entrada la noche vi embriagado el bolero que es bohemio y haciendo de las suyas para demostrar que el amor romántico perdura y existe ¡carajo! 

 

Tan jodido es el bolero con las parejas que se aman de verdad, que muchas salieron al centro del salón e improvisaron pista de baile.

 

Rosita y René, quienes están cumpliendo 56 años de ser esposos sin mostrar cansancio,  dieron prueba fehaciente de que no solo saben de ritmos musicales sino también danzar. 

 

 Unieron sus cuerpos como dos adolescentes y fueron dos enamorados en un solo abrazo. Se buscaron las bocas y un beso acabó de amarrar sus cuerpos. 

 

Pasos cortos, suaves, y movimiento lento de los cuerpos demostrando cómo los enamorados se esfuerzan por no morir.

 

 

Morir 

A pesar de todo, les juro que llegó un momento en que vi a esta pareja de adultos mayores morir de amor para tener la dicha de resucitar después. ¡Oh Señores!, las cosas que hace un bolero.

 

Y es verdad, pues yo no me cansó de afirmar que el amor no muere, que lo matamos cuando no lo merecemos.

 

A estos coleccionistas de música vieja no les gusta la nueva y al regaetón le dicen renegado, a la bachata, ballena, y al rap raspado de olla.

 

 Para “chicaniar” de que lo añejo es mejor, en una de las tres rondas pusieron a sonar la canción “Somos diferentes” de Fabián Marín cantado por Consuelo Ramírez “Chely”, acompañada por su conjunto.

 

 Tanto amor y tan excelente el sonido del long play en vinilo y de los discos en formato de 78 revoluciones en acetato, los primeros que se conocieron, soportaron sin un ¡Ay! las punzadas de las agujas que hacen parte de los accesorios para beneficio de la audición.

 

Casi a la media noche, cuando los participantes  e invitados especiales empezaron a abandonar el recinto,  me pareció que iban saboreando a la cantante venezolana. Nada raro, pues fue ella la que cantó para todo el público la canción bolero “Sabor a mí”.

 

 


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