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Martes, Enero 23 - 2018 Pereira - Colombia

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CRÓNICA
Corazón de fuego

Ángel Gómez Giraldo

El miércoles 10 de enero de este año, la pareja formada por Didier Mendoza y Diana Henao, soldados por el amor y las circunstancias en el sector urbano del Municipio de Dosquebradas, amanecieron con un sabor a ceniza. Cosa rara en ellos, personas física y mentalmente sanas.
Cuando se cansaron de escupir pasaron a enjuagarse la boca con líquidos astringentes y agua bendita.


Sin embargo al entrar la noche de este mismo día ese sabor a tierra seca de cementerio persistía en ellos.
Como el amor a los dos siempre les ha dado para todo, terminaron más que dormidos, desmayados, con sus 3 hijos: Carol de  9 años,  Cristian de 6 y entre estos, Sebastián, el menor quien a pesar de contar apenas con 4 años de vida estaba marcado con una sonrisa enorme.

Pálpito

Familia modesta pero de rostros iluminados, ocupaban una casa improvisada con guadua y materiales livianos recostada como loca desgualetada en  un parqueadero administrado por la misma en el  barrio La Capilla de la ciudad industrial de Risaralda.
Muchas veces Didier, “hombre alzado en armas” contra la tristeza, había sentido el pálpito de la desgracia y se lo hizo saber a su compañera Diana.


 Esta le respondió: “Nada, mijo, aquí nos quedamos ya que  el que va a hacer desgraciado por mucho que le corra a la desgracia  siempre lo va a alcanzar”. 
 Se cuenta además que a eso de las 7:00 de la noche pasó por la avenida Simón Bolívar una borrasca de aire frío que no se veía  pero que produjo  un ruido de los demonios.


Nadie hizo caso. Tampoco de lo que podría ser un anuncio de llanto al día siguiente para toda la población dosquebradense. Sí, llanto “ventiao” de La Popa hasta La Romelia.
A pesar del sabor a ceniza persistente en la boca de Didier y de otras cosas extrañas de un miércoles que se iba pesado, a las 11:00 de la noche los bomberos no recibían ninguna llamada de emergencia.

La tragedia
Faltando pocos minutos para la media noche, cuando los gatos hacen escándalo sobre los tejados y las brujas ríen estridentemente, un calor infernal despertó a Didier y a Diana pero no era de sol alborotado ni de luna de verano, sino el que producían las llamas de la humilde vivienda incendiada.
El jefe del hogar actuó como un héroe y pudo sacar de la conflagración y poner a salvo a dos de sus 3 hijos.


Con Sebastián, el niño de 4 años no pudo. Ya la casa era el infierno... toda en llamas.
- “Hijo estás ahí”, le gritaba desesperado el padre que se sentía impotente para salvarlo.
- “Papi estoy aquí”, le contestaba el niño con tono temeroso por las llamas que se le acercaban como monstruos que amenazaban con devorarlo. Ni el hijo podía salir ni el padre podía entrar a salvarlo. Hubieran terminado incinerados los dos.


Hubo tanto fuego en la casa de los Mendoza Henao que llegó hasta el corazón del pequeño Sebastián permitiendo que la muerte le borrara tan bella sonrisa. Y fue corazón de fuego.
Cuando los bomberos llegaron corriendo y sonando al sitio de la desgracia no les costó trabajo sofocar las infames llamas que habían acabado con la vida de un niño.

Llanto
A la mañana siguiente la noticia del incendio y la muerte del niño por incineración produjo de verdad un mar de lágrimas que inundó a Dosquebradas de dolor moral.
Los únicos que no llegaron fueron las empresas que prestan el servicio de ambulancia.
Acertado fue el editorialista de este diario al tachar a estas empresas de indolentes porque indolente es quien no actúa.


La secretaria de Salud de Risaralda, Olga Lucía Hoyos, fue más allá y les pegó una cachetada aseverando que a las mismas no les importa el servicio social sino el vil dinero.
Después lo que hubo fue un silencio de luto negro como negra es la desgracia con pérdida de vidas humanas.


Silencio para preparar el cadáver del niño Sebastián, ponerle alas de verdadero ángel, trasladarlo a la velación y luego a la iglesia de Santa Teresita para las exequias que se cumplieron el viernes siguiente entre las 2:00 y las 3:00 de la tarde con una concurrencia que estuvo a punto de tumbar el templo.


La misa de exequias fue concelebrada por los sacerdotes Sergio y Fredy. El primero en la homilía fue enfático al advertir a los mayores: “Por favor cuidad a los niños”.
Fuego y lágrimas fue lo que hubo en Dosquebradas pero también la desgracia despertó la solidaridad de la población para con los dolidos ya que todas las empresas que tienen que ver con los servicios exequiales, incluida la parroquia de Santa Teresita no cobraron un centavo por estos eventos.


A eso de las 3:30 minutos de la tarde la pequeña urna conteniendo los despojos mortales del niño fue levantada por los asistentes a la ceremonia fúnebre y fue un ángel de alas enormes el que voló en hombros al campo santo.


Cuando llegó el cortejo fúnebre a Colinas de Paz, las puertas estaban abiertas de par en par. Por ahí ingresó la multitud sollozante. Cómo sería el gentío que los muertos de este cementerio se sacudieron en sus tumbas al verse atropellados por los vivos.
Cementerio este de laderas verdes, flores y follajes, terreno todo embellecido y abonado para la muerte.


Didier Mendoza, el padre  héroe de esta historia no fue al entierro de su hijo. Quedó en el hospital en curación de las heridas del cuerpo y del alma que le produjeron el funesto acontecimiento familiar del miércoles anterior.


Fernando Valenzuela, hombre de rostro grave pero de buenos sentimientos, actuó como sepulturero, hoy auxiliar del parque gracias a los eufemismos. Yo le pregunto: ¿Qué sintió al momento de darle sepultura a ese ángel?... “Deseos de llorar”...
De regreso al centro de Dosquebradas alguien le preguntó a la dolorosa madre:  ¿De dónde vienes, Diana ? Y pudo haber respondió con la frase metafórica de la conocida canción: “De enterrar mi corazón”...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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