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Muchos todavía recuerdan esta publicación con cariño y conservan enmarcados ejemplares amarillentos de este número especial, cuyos dibujos firmé posteriormente.
Dioscórides Pérez
El Diario del Otún
Si mal no recuerdo, hace apenas 30 años nos reunimos en el apartamento de Dora Cecilia Ramírez en Bogotá, para inventarnos gratis un nuevo diseño para la página literaria que se insertaría entre las noticias del Diario del Otún, el periódico que su familia había fundado en Pereira y se imprimía en Manizales. Dora había encarpetado su cartón de arquitecta y se dedicaba a escribir y a confabular creativamente con las feministas de Cine Mujer. Juan Manuel Roca era ya un exitoso escritor, Premio Nacional de poesía, y yo profesor de dibujo y grabado en la Universidad Nacional. También estaba allí la periodista y directora de video Ana María Echeverry con su brazo enyesado.
Dora ya había inaugurado El hojarasquín y mientrasellos discutían el contenido de la página titulada “Leyendo leyendas”, yo me dediqué a imaginar la ilustración para el nuevo número y el cabezote para las ediciones siguientes. Recuerdo que la reunión olía a veladora y a café Mariscal.
En un rincón del apartamento, Cecilia tenía una instalación con toda clase de figuras religiosas, láminas enmarcadas y pequeñas imágenes de bulto: varias versiones de Vírgenes y Cristos, San Cayetano, San Antonio, San Judas, La santísima Trinidad, Las benditas ánimas, el Divino Niño, San Nicolás de Tolentino y La mano poderosa. También colgaban escapularios, medallas, camándulas y relicarios. Un bombillo especial alumbraba todo de ámbar y un velón de parafina forrado en celofán rojo presagiaba milagros.
Por el ventanal podíamos ver muy cerca el cerro de Monserrate, con su iglesia para el señor Caído apenas visible entre nubes y neblina. En este sándwich de santos nació un dibujo a tinta china, una especie de monstruo-dragón de la alquimia con turbante y tres ojos que ocupó la parte central de la página, acompañado de la carta El triunfo del tarot. También hice a mano algunos avisos populares que parodiaban un requisito publicitario: “se teje paño, se hacen ojales, se pegan cremalleras, se remallan medias, venta de helados de coco y obleas”, “sí hay guayaba agria y huevo colorado; se aplican inyecciones”, “montallantas Veloz; “se alquilan andamios; coma en Sanduchévere”.
En el Pasaje Pulgarín, el gabinete de Don lucho anunciaba: “se hacen cajas de dientes, calzas, incrustaciones en oro y plata sin dolor, pintura al duco”. Con una viñeta del profesor Kardex, quien atendía en las Residencias Elvirita de la calle 15 abajo de la novena, éste ofrecía un remedio contra la frigidez, la impotencia y dolor bajito; separaba y juntaba matrimonios; entregaba el talismán de los siete cueros y la uña de la gran bestia; daba consejos pal mal de amor y los negocios; hacía rezos y bebedizos, espantaba inquilinos morosos y reparaba relojes de cuerda”.
La parte literaria, encerrada por una cenefa con 66 símbolos esotéricos, que reunía leyendas del Buziraco, cortejos y trovas sobre el diablo y las brujas, nos quedó hermosa en forma y contenido y fue un éxito. Los siguientes números de poesía y literatura universal también gustaron y con ellos se acercó a los lectores a los mitos y se abrió el universo de la palabra poética. Pero la dicha duro poco. Dora insistía en que El Hojarasquín, que desde ese número apareció en la doble página central del periódico, fuera una publicación completamente literaria, sin intromisión de publicidad comercial. La dirección no estuvo de acuerdo e insertó avisos de cables eléctricos, centros comerciales, bancos e itinerarios de flotas; después canceló El hojarasquín para destinar el espacio a la política, las noticias de puñalada y bala, la farándula, las reinas y el futbol.
Muchos todavía recuerdan esta publicación con cariño y conservan enmarcados ejemplares amarillentos de este número especial, cuyos dibujos firmé posteriormente. Después, todos nos abrimos: Dora Cecilia, desbarató el altar, regaló los santos, y acompañada de San Nicolás se retiró a escribir y a trazar cartas astrales a Villa de Leiva; desde allí partió a meditar al Tíbet. Ana María Echeverry se puso a filmar Un día en la vida de… y se ganó el Premio de periodismo Simón Bolívar. Juan Manuel Roca se fue a trabajar durante 10 años con el Magazine Dominical de El Espectador. Yo me puse a grabar la vida erótica de La santa Ursulinda para la Bienal de Grabado de Puerto Rico donde me dieron el Primer Premio y me fui a vivir mil días a China. Hoy día, a salvo del diluvio, todos seguimos practicando los mismos vicios: meditar, escribir, filmar, dibujar, soñar, y esperamos ver con asombro el fin del mundo para poder contarlo.
(El número referido apareció el lunes 7 de junio del año 1982. Traía una columna permanente llamada Memorias del Hojarasquín, que recogía fragmentos de sibilas y brujas, del libro Historia de Francia de Jules Michelet; fragmentos de Las leyendas tomado de The female Hero in folklore and legend, de Tristam Potter Coffin; una página de los Mitos de Antioquia, de Arturo Escobar; otra de Trovando con el diablo de Wenceslao Montoya; un fragmento de El reino de Buzirago, de Pedro Gómez Valderrama, y otro de Los cortejos del Diablo, de German Espinosa).
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