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Jorge Gómez Jiménez
El Diario del Otún
“Lo recuerdo como un hombre sereno y sonriente, muy lúcido, de buena y no efusiva conversación y fácilmente irónico”.
Así describe Jorge Luis Borges a Henri Michaux en el prólogo a su traducción de Un bárbaro en Asia, publicada en 1941 -ocho años después de la edición original- y que declara haber hecho “no como un deber sino como un juego” y que a la postre se convertiría en una de las obras más conocidas del escritor belga, nacionalizado francés, y quien -siguiendo con Borges- “descreía de París, de los conventículos literarios, del culto, entonces de rigor, de Pablo Picasso”.
Descreía también, quizás, de las raíces, este hombre que sólo tenía veinte años cuando decidió hacerse a la mar como fogonero de un barco francés que lo llevó a Río de Janeiro y Buenos Aires.
Con los años conocería Ecuador -viaje que contaría en un libro publicado en 1929 y cuyo título sería simplemente el nombre del país latinoamericano- y el Extremo Oriente -experiencia en la que se basó para el libro del que hablamos al principio de esta nota- Sabría también de otros viajes, los proporcionados por las drogas, e incluso algunos imaginarios. De todos ellos, cronista enfebrecido, escribiría.
“En el país de la magia” es uno de ellos: publicado originalmente como parte de un libro homónimo en 1941 y tres décadas más tarde, en 1976, en Choix de poèmes, una antología editada por Gallimard.
(Traducción del francés: Antonio María Flórez)
I
He visto al agua abstenerse de correr. Si el agua está bien acostumbrada, si es tu agua, ella no se derramará, aunque la jarra se rompa en pedazos.
Simplemente, ella espera a que la pongan en otra. Ella no busca derramarse afuera.
¿Es la fuerza del Mago la que actúa?
Sí y no, aparentemente no, el Mago podría no estar al corriente de la ruptura de la jarra y del esfuerzo que hace el agua por mantenerse en su lugar.
Pero él no debería hacer esperar al agua por mucho tiempo, porque esa posición le es incómoda y lastimosa y, sin que necesariamente se pierda, ella podría dispersarse bastante.
Naturalmente, es necesario que el agua sea tuya y no un agua de hace cinco minutos, un agua que haya sido recién cambiada. Aquélla se perdería enseguida. ¿Acaso qué la retendría?
El niño, el niño del jefe, el niño del enfermo, el niño del labrador, el niño del necio, el niño del Mago, el niño nace con veintidós pliegues. Es necesario desplegarlos. La vida del hombre entonces se completa. Bajo esta forma él muere. Ya no le queda ningún pliegue por deshacer.
Raramente un hombre muere sin haber necesitado alguna vez deshacer algún pliegue. Pero ha sucedido. Paralelamente a esta operación el hombre forma un núcleo. Las razas inferiores, como la raza blanca, ven mejor el núcleo que el desplegado. El Mago ve más bien el desplegado.
Solamente el desplegado es importante. El resto no es más que epifenómeno.
II
Allá, en ese país, a los malhechores cogidos en flagrancia les arrancan el rostro ahí mismo. El Mago verdugo llega de inmediato.
Hay que tener una enorme fuerza de voluntad para arrancar una cara, habituada como está ella a su hombre.
Poco a poco la piel cede, sale.
El verdugo redobla su esfuerzo, se tensa y respira enérgicamente. Finalmente, él lo arranca.
Estando bien hecha la intervención, todo el conjunto se desprende, frente, ojos, mejillas, toda la región facial como borrada por yo no sé qué especie de esponja corrosiva.
Una sangre espesa y oscura mana de los poros generosamente abiertos por todas partes.
Al otro día, se ha formado un enorme y redondo coágulo costroso que no puede inspirar sino espanto.
Quien ha visto alguno, no lo olvidará jamás. Sus pesadillas se lo recordarán.
Si la intervención no ha sido bien hecha, porque el malhechor es particularmente robusto, no se le logra arrancar más que la nariz y los ojos. Al menos es algo, ya que la intervención es puramente mágica, pues los dedos del verdugo no pueden tocar, ni siquiera rozar, el rostro que ha de retirar.
Puesto en el centro de un ruedo totalmente vacío, el detenido es interrogado. De manera solapada. En medio de un profundo silencio, muy fuerte para él, la pregunta resuena.
Repercutida por las graderías, ella resuena, regresa, retumba y se abate sobre su cabeza como ciudad que se desploma.
Bajo esas ondas apremiantes, comparables solamente a una serie de catástrofes encadenadas, cesa toda resistencia y confiesa su crimen. Él no puede no confesarlo.
Ensordecido, vuelto un guiñapo, la cabeza adolorida y zumbante, con la sensación de haber hecho frente a diez mil acusadores, él se retira de la arena, donde no deja de reinar el más absoluto silencio.
(“Au pays de la magie” (I et II) pertenece al libro de Henri Michaux Choix de poèmes, editado por Gallimard (París, 1976).
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