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Monseñor Rigoberto Corredor Bermúdez
Obispo de Pereira
Apreciados Hermanos.
Preguntémonos con sinceridad: ¿Cómo es nuestra Fe? No pretendemos hacer un juicio común, para decir quién vive una fe verdadera y quién vive una fe falsa. No. Pero sí podemos, a la luz de la Palabra de Dios, explorar desde lo más íntimo de nuestro corazón, el estado real de nuestra fe.
Tomemos el pasaje del Evangelio de San Marcos (Mc. 9,17-24), en donde el Señor interviene en la liberación de un joven que tenía un espíritu impuro. El padre del muchacho le dice: “Maestro, aquí te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu que lo ha dejado mudo... He pedido a tus discípulos que le saquen ese espíritu, pero no han podido, Jesús contestó: “¡Gente sin fe ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?”. Aquí el Señor se lamenta profundamente de la actitud, sobretodo de los discípulos, que no terminan por dar credibilidad al poder divino del Maestro. Y el mismo papá del joven, después de explicarle al Señor desde cuándo le sucede esto a su hijo, le dice a Jesús:
“Así que, si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos. Jesús le dijo: ¿Cómo que si puedes? ¡Todo es posible para el que cree! Entonces el padre del muchacho gritó: Yo creo Señor. ¡Pero ayúdame a creer más!”.
Debemos percibir que si Jesús repite las palabras del padre del muchacho, es para hacerle ver que la cuestión no es si Jesús puede sanar al joven, sino si la persona que se acerca a Él, lo hace con fe (-cf. Mc. 1,40). Y es aquí en donde nosotros debemos con mucha humildad reconocer que nuestra fe es muy pequeña, muy débil, muy frágil. Y este padre de la escena evangélica, tiene muy clara esta realidad. En la versión de la Biblia de Jerusalén para América Latina, la frase dice “Creo Señor, pero ayuda a mi poca fe”. Y es verdad, nuestra fe es muy pequeña. No negamos al Maestro, ¡Claro que no! Pero no olvidemos que los demonios creen y tiemblan.
Sabemos que el Santo Padre nos ha convocado para celebrar el año de la fe. Y dentro de las motivaciones, nos dice que es para conmemorar los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II y los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. Estos dos instrumentos, cada uno con su valor específico, han tenido como objetivo, renovar a fondo la fe de la Iglesia. El Papa nos pide retomarlos para seguir buscando este objetivo. Además el Santo Padre percibe que esa fe de la Iglesia esta siendo gravemente resquebrajada por la cultura actual, agobiada por un relativismo generalizado y un materialismo deshumanizante.
Por esta razón, no es extraño que el Santo Padre, afirme “que mientras en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirado por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas” (Puerta de la fe, 2).
Y creo que dentro de esas personas estamos algunos de nosotros, apoltronados en una estructura eclesial y social que nos asegura un “modus vivendi”, y todavía nos permite un cierto reconocimiento dentro del estrato social al que pertenecemos como religiosos, sin mucho esfuerzo y sacrificio, realizando lo meramente cultual y devocional, sin estar cimentados en la Palabra de Dios y en el verdadero sentido apostólico y misionero y tal vez viviendo una fe muy funcional.
Y no es de extrañar, que si el tejido de fe se rompe, se debilita o se descompone, es porque nosotros, “los testigos consagrados de la fe”, propiciamos esa ruptura, ya que muchas veces no estamos impregnando a la sociedad y al alma de nuestros fieles, con una fe decididamente ejemplar. El Cura de Ars, llenó de fe, lo que una vez fue la meca del mal.
El problema central, no es que nos preguntemos porqué la gente se aleja de Dios. El problema profundo es que nos preguntemos si los testigos de la presencia de Dios en el mundo dejamos de serlo, o por lo menos transmitimos esa presencia de una manera distorsionada. Ghandi admiraba el Evangelio, pero lo desconcertaban los cristianos.
Volvamos entonces a la pregunta inicial: ¿Cómo es nuestra fe? obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos, debemos meditar esta realidad delante de Dios con toda sinceridad.
El Señor en nuestra conciencia, nos lo dirá. Aprovechemos el año de la fe, para consolidarla en todo nuestro ser. Pero no olvidemos que la casa construida sobre arena, la pulverizan las fuerzas del maligno. ¿No les parece que le debemos responder a nuestro Maestro, con las mismas palabras del personaje del Evangelio: “Creo Señor, pero ayuda a mi poca fe?”.
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