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No hay duda de que la serie de televisión llamada “Pablo Escobar, el patrón del mal” que hoy transmite una de los más importantes canales de televisión, no solo ha acaparado la atención del país, sino que ha roto todos los record de audiencia que hayan puesto esta clase de programas televisados.
Esta serie, quizás por la crudeza con que aborda el problema del narcotráfico en el país y las brutales manifestaciones de violencia que él genera, pone increíble y puntualmente cada noche frente a los televisores un número muy importante de colombianos, constituyéndose en un sorprendente fenómeno social y comercial.
Llama la atención que tanta vileza, tanta maldad, tanto desprecio por la vida ajena, tanta afrenta al orden institucional y los principios legales, y tanto culto al rey dinero, tenga semejante acogida por los colombianos, incluyendo los que por su cultura se esperaría otra actitud. Esto confirma, no hay discusión, que este es un país al que le gusta la violencia, que se sacia con el drama humano y que suele ensalzar y endiosar al delincuente.
Pero ese éxito comercial y de audiencia que hoy tiene el programa sobre la vida, las andanzas y el prontuario del peor y más brutal narcotraficante que haya tenido el país, no puede ser todo lo que interesa. Hay consideraciones y valores que son indispensables tener en cuanta antes de evaluar el supuesto buen resultado y la acogida sin antecedentes que ha mostrado este seriado.
Cuánto mal se le hace al país y a la sociedad con un programa como este que, por más que se diga que es una historia que se cuenta con el propósito de llamar la atención de las nuevas generaciones sobre lo que fue esa época y prevenirlas sobre las horribles secuelas que dejó, en la práctica es una abierta y descarada apología del delito.
Hoy cuántas personas sin principios, sin valores, o que se han iniciado en la delincuencia, no quieren ser como el gran capo, o tener la ambición y la crueldad que este muestra por televisión, o atesorar el dinero que este consiguió fácilmente, o tener el poder que aquel consiguió, o simplemente tener la tanta desfachatez para sobornar la autoridad y comprar la justicia.
Nos parece, pues, que lejos de serle útil al país esta serie de televisión, le hace un inmenso mal, porque da un pésimo ejemplo, porque genera falsos prototipos en la sociedad, porque produce ídolos de barro, porque incita al delito y a las peores atrocidades, y porque nadie quiere volver a vivir esos años de zozobra, de dolor y de violencia que vivió Colombia en la década de los ochenta.
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