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Pasan y él siempre está allí, parado con su carro de color azul desgastado, un sombrero y la cálida sonrisa que se roba el saludo de quienes pasan y pasan.
Él está allí hace 16 años. Detrás de la Universidad Tecnológica de Pereira, en el colegio la Julita, uno se encuentra con don Rafa.
Los hilos blancos que cubren su cabeza y los casi setenta años de arrugas son parte de esa cara amable, esa sonrisa y espíritu positivos; esos, que hacen que tomarse un ponche o comerse una solterita de las que vende don Rafa signifique más que eso, don Rafa hace que en cada venta se saque una sonrisa. Es una alegría que transmite su rostro y que, tal vez muchos de quienes tienen más lujos que don Rafa, no la tienen cuando están cerca de los setenta.
7:15 a. m.
Allá en una montaña de Pereira. Villa Santana, un barrio que vive varias realidades colombianas a la vez. En una casa de dos pisos toco una puerta de color azul claro, oxidada ya por el tiempo.
Por ahí no hay cemento, solo tierra y una quebrada que pasa por enfrente. Un parque a un lado y un basurero al otro. Subo unas escaleras pequeñas, hechas de madera y en “espiral”. Me invita doña Oliva a sentarme y espero.
7:30 a. m.
Don Rafa se levanta, toma un baño. Saluda a doña Oliva su esposa, quien le da un café caliente. Ahora, baja al primer piso de su casa.
Es un hogar hecho de tablas de madera, sencillo, pero con una acogida que solo tiene lo que se hace con amor y dedicación. Don Rafa y doña Oliva llevan casi 34 años de casados. fue “amor a primera vista”, me dice sonriente Doña Oliva cuando, la noche anterior la acompañé mientras esperaba a que llegara de trabajar Rafa.
Sentada en un mueble verde oscuro hecho de cuerina, contaba que con Rafa fue pobre pero feliz, que nunca le faltó la comidita y que, qué más se le pide a la vida que lo quieran a uno siempre y que lo respeten.
8:00 a. m.
Don Rafa estaba abajo, preparando la venta del día. En este primer piso del hogar de don Rafa y doña Oliva hay dos neveras azules, dicen que las usan para guardar el ponche. Está un fogón grande, dos ollas de un buen tamaño y otros implementos para hacer las solteritas.
- Vendiendo eso fue que nos conocimos- cuenta doña Oliva- cuando él me vio a mí y supo que yo vivía en la tienda de por la casa de él, empezó a comprar allá el azúcar y todo para hacer el ponche, se convirtió en el mejor cliente. Él era muy juicioso, cuidaba a la mamá que ya era viejita y trabajaba para sostenerla y así nos fuimos hablando.
9:00 a. m.
Don Rafa ya terminó de hacer la crema y las galletas para las solteritas. Hoy hizo unas 140, a eso se le suman unas que se le quedaron ayer porque salió muy tarde a hacer la venta. Se sienta a desayunar en la mesa: arepa con carne y una buena taza de café. Mientras eso, Rafa me comenta que ha trabajado toda su vida desde los siete años, que con eso se ha sostenido, le dio estudio a su hijo.
Fabián y compró su “ranchito”. Un gallo de enseguida hace kikirikí. Rafa, como se le conoce en las calles de Pereira, sigue sonriente. Cuenta las historias de la vida, así con ese entusiasmo, como reviviéndolas, eso sí con todo perdonado y ninguna deuda pendiente. -Mi mamá hacía arepas y yo salía pa’ la calle a vender, a mí no me daba pena vender lo que fuera, si a mí me mandaban con una gallina a venderla, yo salía con esa gallina bullosa- Comenta Rafa mientras hablamos de su oficio de vendedor informal; él es una más de esas personas que se han sostenido a punta de vender en la calle, clandestinamente y de sol a sol.
Caminarse por Pereira unas 9 o 10 horas diarias porque definitivamente así es Colombia, menos trabajo para los que menos tienen, y como Rafa, hay muchos colombianos que trabajan 10 o más horas al día, porque lo primero es sobrevivir, ese cuento de estudiar es para ricos, hay que rebuscársela todos los días.
Según el último censo realizado por la RUVIP en el año 2008, así como Rafa hay en Pereira unas 1952 personas que trabajan enventas informales y aproximadamente 65432%$ son adultos mayores que, enfrentándose a situaciones de clima y de calle, se recorren la ciudad en busca de clientes para llevar al menos la comida a su casa.
Algo muy especial en Rafa es que, a pesar de haber trabajado casi toda su vida, y haber tenido que aguantarse una que otra humillación de los que tenían la plata, él disfruta su trabajo y lo valora como no lo hacen muchos que trabajan sentados ocho horas en una oficina.
Él es feliz con su vida, con su esposa y claro, con su calle. En definitiva, eso de vender unas 200 solteritas al día y unos 40 o 50 vasos de ponche tiene su secreto- A mí me encanta mucho vender solteritas y el ponche porque yo les hago recocha con eso. A mí me dicen: a ver esas solteritas ¿si están buenas o qué? Y yo les digo: já están tan buenas que da pesar venderlas. Y la gente como que se anima viéndolo a uno con ese ánimo, pero uno con una venta por ahí y haciendo mala cara.
Nadie se le arrima.-comenta. Rafa lleva ya 16 años en el colegio la Julita, dice que ya no da mucho resultado allá, que los niños ya usan la plata es para vicio y no compran nada más. Entonces ahora Rafa hace su recorrido por la calle novena, la diez, la doce, la octava y todo el centro de Pereira. -A mí me encanta mucho la calle, yo mantengo alegre por ahí con la gente- Agrega, mientras comenta que su trabajo es muy digno y se siente orgulloso de hacerlo, distinto a algunas personas que lo hacen porque les tocó y sufren mucho.- Y esa gente que lo hace porque les toca, no atiende la gente bien, porque son como apenados otros que son es como amargados-dice.
10:00 a. m.
Rafa cuenta muchas historias, pero es hora de irse a trabajar. Doña Oliva le empaca el almuerzo, mientras él baja a empacar los productos que ya están fríos. Acomodó con paciencia las galletas, de dos en dos, con cuidado para que no se partieran. Luego sacó la crema de la olla y preparó una solterita. Subió de nuevo y se despidió de su esposa con un beso, ella le dijo: chao amor, no se le olvide echarse perfume y Dios lo bendiga.
Salió de la casa cargando en un costal los dos baldes donde llevaba la mercancía. Subimos despacio una falda larga y empinada. En todo el trayecto lo saludaban los vecinos-que le vaya muy bien don Rafa, que venda mucho-.
Después de subir y subir, empezamos a bajar más faldas empinadas. Un taxi pitó por detrás y el conductor le dijo: Qué hubo don Rafa, camine lo arrimo. ¿Va para el colegio?- No yo voy para allí pa’ la novena.- Ah listo, súbanse. Don Rafa y el taxista se fueron hablando de negocios, buscar nuevos productos para ver si mejora la situación.
El taxista comenta que tuvo que ponerse a trabajar en eso hace siete meses, que lo echaron del trabajo, que era gerente de una empresa y que le toco ponerse a conducir porque no encontró más que hacer.
10:30 a. m.
Llegamos a la calle novena con carrera primera. Nos despedimos del señor del taxi y Rafa entra a un taller de carros. Mueve varias herramientas pesadas, en esas se engrasa las manos de aceite para carros y las alza sonriente, mostrándomelas.
Saca por fin su carrito, se lava las manos y sale del taller. Don Rafa me sigue contando de su vida, sus amores y desamores, penas y alegrías mientras va acomodando allí las galletas y guarda la crema en su lugar, se pone su delantal, guarda los baldes en la parte de abajo del carrito y cierra con candado.
11:00 a. m.
Ya empezamos a caminar por toda la calle novena, a don Rafa lo saludan por cada lugar que pasa, en los últimos treinta minutos ha vendido 3 solteritas. Yo me despido le doy las gracias, llena de alegría y conmovida, porque a sus casi setenta años conocí a un hombre feliz entre los millones que tiene esta humanidad, un hombre de bien y que sonríe, un hombre que vive la calle y se la goza con cariño, uno, que no necesita dinero para hacer feliz por un instante a casi 200 personas cada día.
Don Rafa será recordado por muchos en Pereira, pero dentro de tantas ganas de vivir siempre tendremos que darnos cuenta de un desconsuelo, y es que a veces las ganas no bastan. Don Rafa, como muchos colombianos viven del rebusque y eso de rebuscársela puede dar para comer un día, como puede que al otro no.
Y por las calles de Pereira nos eguiremos encontrando a Rafa, el señor de las solteritas y el ponche, sabe que la situación está dura, que este mundo “está duro” pero seguirá siendo un luchador enamorado de la vida
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