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LAS ARTES

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Cucuruchito de maní
Publicado 11/02/2018

Javier Amaya*

El bus llegó a tiempo a la estación de Matanzas, luego de un recorrido tranquilo desde La Habana. El sitio estaba casi vacío, solamente parecían llegar viajeros con un propósito concreto. Me acordé que todos los pasajeros estábamos anotados en el registro, con todos los datos y el respectivo documento de identidad. Pero donde vivo también se hace, no hay diferencia. El Gran Hermano siempre está ahí.


Parábamos unos minutos y el conductor haría un merecido descanso. Mi suegro anotaba durante el trayecto, que la tierra muy verde que vimos bordeando el mar, le parecía desperdiciada porque no estaba cultivada. Yo le contesté que se fijara que el verdor no parecía tener mucha profundidad y por estar apoyada en piedra caliza, la hacía imposible de hacer producir con éxito. Creo que declaramos un empate tácito, ninguno de nosotros es agrónomo y lo dejamos ahí.
Si notamos que las carreteras estaban limpias de basura publicitaria: nada de compre aquí, compre allá, lleve al auto del año, vote por el ladrón de turno, como en Colombia.


En la parada de Matanzas, unas pocas personas nos ofrecieron a precio muy barato cucuruchitos de maní y resultaba imposible no acordarse de El Manisero que interpretara el cubano Antonio Machín y tantos otros. Compramos algunos cucuruchos y lucían limpios, se sentían crujientes, bien envueltos e iguales a los que uno encuentra en Colombia.


La gran diferencia estaba en el número de vendedores. En mi tierra, los oferentes en las paradas de buses parecen brotar como racimos por los cuatro costados y nos traen de todo. Nos cuentan en sus múltiples ofertas que el desespero los saca de sus casas, se las ingenian para abordar los vehículos, se atropellan, compiten y al final de la jornada se quedan con la misma desazón de que irremediablemente se levantarán muy temprano para volver mañana y repetir la brega.


El destino final de nuestro viaje era Varadero, esa inmensa playa de granos de arena como de oro que Dios les regaló a los cubanos, sin que el partido tuviera que hincarse de rodillas a la santísima Virgen de la Caridad del Cobre. Uno de esos sitios, que aunque no sepa cuando, uno quiere volver.
Otra vez en La Habana, el Duque nos lleva a esa inmensa plaza de la revolución desnivelada en la que cabe tal vez cabe la Plaza Roja de Moscú y media otra plaza grande de cualquier parte. Me pregunta el Duque si quiero una foto como se toman todos los turistas, con las siluetas del Ché y Camilo Cienfuegos al fondo. No gracias, le digo. Y por qué me dice el Duque, el argentino le digo yo, parece que no creía en otra cosa que en el poder del gatillo. Bajando la voz el Duque que es nuestro guía local me lo confirma: era un carnicero, fusiló sin compasión en La Fortaleza.


En mi pueblo, todavía hay gente que traga entero con el mito del argentino. Un Jacobino incorregible que pensaba que entre más se apilaran los muertos, más cerca se estaba de los cambios sociales, como lo pensaban las Farc no hace mucho tiempo. Pobre, nunca supo lo que el gigante surafricano Nelson Mandela sería capaz de hacer sin acudir a las pistolas muchas décadas después.


El museo de la revolución, instalado en el viejo Palacio Presidencial me decepciona. Anticipo que el sol y la humedad del Caribe pasarán cuenta de cobro, desde las botas de Fidel hasta la boina del Ché y no dejarán rastro de ellas. A lo mejor se salven unos pocos impresos y otros objetos resistentes a los elementos implacables del clima. De pronto algún día se instale un aire acondicionado y cierren las ventanas a los rayos solares de las doce del día.


Pero Cuba es muchísimo más que eso, no debe haber equivocación, el país soberano de la bandera de la estrella solitaria ha caído y se ha levantado. Ha cometido graves errores y se ha vuelto a erguir. Ha sido denigrado y perseguido por casi sesenta años por cuenta gratuita de la potencia del norte. Se dijo que existía por ser el satélite de la URSS y ahora demuestra que sin soviéticos, se levanta con orgullo e independencia buscando su destino.


Yo sé que muchos compatriotas sienten como yo, que si la isla lo pidiera y la amenaza la rodeara, acudiríamos de corazón como se defiende a una hermana.
*http://javier-amaya.us/2016/11/20/la-casa-de-hemingway-en-cuba/
 

“Me pregunta el Duque si quiero una foto como se toman todos los turistas, con las siluetas del Ché y Camilo Cienfuegos al fondo. No gracias, le digo”
 

 
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