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LAS ARTES

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Cuentos desde Pereira
Publicado 06/01/2019

Los ojos de la bailarina

Yesika Alejandra López Hurtado

Zenda era una niña que vivía en una granja, rubia, de ojos azules y de rostro perfilado, tenía 12 años de edad y una familia numerosa, seis hermanos de los cuales dos eran hombres, cuatro eran mujeres y sus padres. Pasaba sus días paseando y bailando por los campos, pero también ayudaba a cuidar a los animales.


Ella era muy carismática y tenía un gran sueño “ser bailarina de ballet”, en sus ratos libres prendía una grabadora vieja que tenían sus padres y se ponía a bailar, sus hermanos y hermanas la aplaudían por lo bien que lo hacía, eso la ponía muy feliz, la apasionaba y la motivaba aún más para seguirlo haciendo.


Cuando cumplió la mayoría de edad se fue a la ciudad a perseguir su sueño. Era tan buena en lo que hacía que allí fue aceptada en una academia de ballet muy prestigiosa, por fin sentía que todo lo que anhelaba se estaba cumpliendo. Se ubicó en una casa cerca de la academia para llegar con facilidad, era algo pequeña y muy acogedora, tenía un cuarto donde solo guardaba los vestidos y zapatillas de baile que le habían dado sus padres, era su altar, su lugar sagrado.
Cuatro meses después, Zenda conoció a un chico en la academia, su nombre era Axel, era alto, su cabello era negro, de cejas gruesas, sus ojos eran color miel y muy atrapadores. Él había sido contratado para tomar unas fotografías a las chicas, era un fotógrafo muy reconocido por su excelente trabajo y dedicación. Días después Axel contactó a Zenda por medio de la directora de la academia, puesto que le había llamado mucho la atención, empezaron a salir y a conocerse; sus encuentros iban siendo muy gratificantes, disfrutaban de los atardeceres, del cantar de los pájaros y hasta de una sencilla charla en el andén de la casa.


Al paso del tiempo se fueron enamorando, compartían más tiempo juntos, se apoyaban el uno al otro en sus carreras, ¡todo era color de rosa! y cada vez el sentimiento era mucho más fuerte, entonces decidieron unir sus corazones.


Axel era muy cuidadoso con sus implementos de trabajo, en su casa tenía un cuarto donde solo guardaba sus equipos y materia prima para el revelado de las fotografías al igual que Zenda con sus vestidos; no le gustaba que ella entrara allí sin su compañía debido a que estos químicos son nocivos para la salud si no se tiene el suficiente cuidado.


Un día Zenda olvidó sus zapatillas de ballet nuevas en casa de su novio, las había comprado para una presentación que tenía muy especial y que sería muy victoriosa para ella, Axel no se encontraba en casa, entonces ella se vio en la obligación de entrar, puesto que las necesitaba urgente porque era el día de la presentación y debía estar en el lugar asignado en un par de horas, buscaba sus zapatillas con desespero dado que estaba con el tiempo justo para llegar al escenario y no recordaba en qué lugar precisamente las había dejado, cinco minutos después recordó que las había sacado en el cuarto de fotografía para enseñarlas a Axel mientras él revelaba unas fotografías de las chicas de la academia, sintió miedo de entrar y desautorizar a su novio, ya que respetaban mucho sus espacios; pero no tenía otra opción, era entrar por sus zapatillas o perder una oportunidad que la podría llevar a ser mucho más exitosa en su carrera; allí estaba en el cuarto, llena de sentimientos por la celeridad y por el hecho de estar allí sola, era muy oscuro, solo lograba ver un negatoscopio encendido, no prendió la luz por la prisa que llevaba y creía que iban a ser solo unos segundos en el lugar; Zenda había colocado las zapatillas en una repisa cincuenta centímetros más alta que ella porque en ese momento tenía una llamada entrante y debía soltar las zapatillas para buscar el móvil en medio de sus cosas, se dirigió hasta dicha repisa y cuando extendió sus manos a cogerlas no se percató de que había un recipiente destapado con un químico; al tratar de coger las zapatillas el recipiente se volteo y todo ese ácido se derramó sobre sus ojos causando graves heridas en parte de su rostro y la pérdida de su visión.


Todo era tan oscuro, ya no podía ver ni el negatoscopio encendido, mi rostro ardía ¡estaba en carne viva! sentí cómo mi vida se derrumbaba en minutos.


Vecinos que escucharon los gritos de Zenda la socorrieron y la llevaron a la clínica, Axel al darse cuenta de lo sucedido corrió de inmediato a la clínica desesperado y lleno de angustia. Al verla en el estado en que se encontraba sentía su corazón hacerse pedazos, era como si le quitaran parte de su vida, se sentía culpable e impotente.


Zenda, llena de tristeza siguió su vida ya no de la misma manera que antes, sin poder hacer lo que tanto amaba (bailar) y otras cosas de la vida cotidiana, sin embargo trataba de llevar una vida normal y con la ilusión de algún día poder volver a ver los colores del día y bailar.


-- Bailaba en mi cabeza. Sin poder ver, sin poder moverme, me enseñé a mí misma nuevos movimientos.


Zenda esperaba un donante de ojos que le devolviera la alegría y el color a su vida. Tiempo después, Axel quebrantado por ver a la persona que tanto amaba en esa situación y al ver que no aparecía un donante decidió donarle sus ojos sin que ella lo supiera, dado que ella no estaría de acuerdo.


Después de la cirugía Zenda quería conocer quién había sido su ángel, la persona que le había devuelto la luz a sus ojos y a su vida, fue allí cuando se enteró que había sido su amado Axel; de inmediato se ahogó en llanto, no podía creerlo, salió a buscarlo pero ya era demasiado tarde, Axel había partido a otro lugar, pero dejó una carta que había escrito antes de la cirugía en la que decía: “Mi amada Zenda, sé que para este entonces podrás leer estas cortas palabras que te he escrito desde el fondo de mi corazón. Siento mucho lo que te sucedió, ahora tienes una gran parte mía en ti y me siento muy feliz y orgullosos de ti, me quedo con la satisfacción de que vas a brillar con luz propia, disfruta mucho tu larga vida haciendo lo que tanto amas. Te amaré y recordaré por siempre. Atentamente, Axel.”


Zenda, afligida, no podía contener las lágrimas, trató de encontrarlo pero no lo halló. Continuó su carrera con Axel siempre en su memoria, no quería defraudar a su héroe. Dos años después ella fue enviada a otra ciudad a una presentación de ballet en representación de la academia; una tarde caminaba hacia el hotel donde se hospedaba, transitaba por un parque cerca cuando de repente vio a un hombre ciego sentado en una banca con gafas negras, un bastón y un perro, se acercó a él porque le trajo mucho recuerdo de Axel y se dio cuenta que tenía una fotografía de ella en sus manos ¡era él, Axel!, quedó pasmada, continuó su camino anonadada, en total silencio, con el corazón a mil y en un llano profundo.

 

 

Los ojos del alma

María Camila Agudelo Hernández

Simeón era un niño ciego de nacimiento, con 11 años de edad y unas ganas incansables de vivir, tomaba decisiones por sí mismo con la intención de lograr sus sueños; sabía Braille y podía guiarse con un bastón, averiguaba las horas que marcaban un reloj de pared cuyas manecillas estaban a su alcance e incluso ayudaba a su madre con las bolsas del mercado cuando ésta llegaba a casa. Un niño bastante alegre y despierto con un simple defecto en sus córneas, por lo cual solo podía percibir luz, más no colores, figuras y formas. Su madre, llamada Aurora, quien siempre estuvo a su cuidado por su condición, trabajaba en el museo de la ciudad y ganaba el dinero necesario para mantenerse y mantener a su hijo. Solo eran ellos dos quienes conformaban su familia, un número poco extenso, pero sustancioso a fin de cuentas, pues solo se necesitaban el uno al otro.
Un día Simeón le dijo a su madre que deseaba ser violinista, que era su sueño y que amaba la música.

Aurora, aunque lo vio algo complicado no le pareció imposible, pero sentía que el que su hijo no pudiese ver iba a llevarlo a la frustración, al no lograr ser el mejor ponente de la música, tal como Simeón lo quería. Aurora sentía miedo y a la vez de manera natural, quería proteger a su hijo. Días atrás, se había enterado de que existía una operación para lograr que Simeón recuperara la vista; se trataba de un trasplante de córneas. Aurora se interesó muchísimo, lo que más quería en su vida era ver a su hijo sano, como los otros de su edad y viviendo feliz, pero existía un problema y era que la operación era costosa y que además debía existir un donante.


Pasaron los años y Aurora trabajó sin descanso, haciendo horas extra en su trabajo y partiéndose el lomo, tratando de reunir el dinero para la operación de su hijo. Simeón ya tenía 15 años y había aprendido a tocar el violín gracias a un profesor llamado César, que creyó en su entusiasmo y ganas de ser un profesional en lo que amaba y le enseñó todo lo que sabía, sin embargo, Aurora nunca le preguntó a su hijo qué tan feliz era en la vida porque temía a su respuesta, así que un día encontró el donante y llevó a su hijo a la operación, creyendo que así encontraría ‘finalmente’ su felicidad.


Simeón, sin nunca haber visto el mundo real, conociéndolo sólo a través de texturas y geografías táctiles, tendría por primera vez la imagen de la infinita riqueza de un mundo desconocido, conocería al fin el rostro de su madre, podría deleitarse con los hermosos paisajes y la naturaleza que le servirían de inspiración para tocar su música, al fin apreciaría los detalles de su hermoso violín y a expectativa de su madre, finalmente podría cumplir su sueño de ser el mejor violinista profesional del mundo.


Pero ocurrió algo inesperado, Simeón abrió sus ojos, ya sanos, y no pudo comprender aquello que observaba, su primera impresión fue la del cirujano, al cual describió como un espectro poco definido de donde emanaba una voz, más tarde comprendió que aquello tan monstruoso era un rostro humano. En su cabeza todo parecía tan diferente, la luna no era como se la imaginaba, las calles no se asemejaban, las mujeres, antes hermosas y fuente de inspiración, ahora le resultaban incómodas, desagradables, feas, el mundo no era lo que él se esperaba y se sentía decepcionado ante su nueva concepción de la vida.


Pasó el tiempo y su progreso fue desalentador, Simeón cayó en una desilusión profunda y hasta perdió su interés por la música, pero además empezó a tener comportamientos extraños como creer que podía salir de su casa, no por la puerta, como de costumbre, sino descolgándose hasta la calle por la ventana de su alcoba, ¡situada en un cuarto piso! La simple tarea de calcular distancias sobrepasaba las posibilidades de su cerebro. Desde el balcón de su residencia, la calle parecía estar justo al alcance de sus pies.


Su madre muy asustada, no sabía qué hacer, creyó que había sido lo correcto pero se sentía culpable de que no fuera lo que esperaba, así que decidió hablar con su hijo y se dio cuenta de que su rostro ya no reflejaba alegría como antes, que se veía parco ante el mundo y ante lo que sus ojos lograban ver, así entonces tomó una venda, tapó sus ojos y puso el violín en sus manos, Simeón volvió a sentir cómo su piel se erizaba y cómo su esencia volvía a llenar de felicidad su alma, tocó de la manera más emocionante y nostálgica que nunca antes y su madre, conmovida, comprendió que a veces lo que se conoce como “normal” para los demás, no es lo que necesariamente se traduce como felicidad, a veces es mejor ver con los ojos del alma, y no con los del cuerpo.

 


El monstruo que nunca pude ver

Heidy Stefany Tierradentro Cruz

Era un 27 de octubre cuando salimos a una excursión con 12 compañeros al nevado llamado El Encanto, que quedaba ubicado en el poblado el misterio. Su nombre se debe a que era muy hermoso por dentro.


El carro nos recogió a las diez y media de la noche, estaba lloviendo y la carretera no se podía ver porque había mucha neblina. Por varias ocasiones el chofer tuvo que parar para evitar caer a uno de los tantos abismos que había. Se escuchaba el canto de grillos, sapos, chicharras y ranas tan cerca que parecí que se asomaban por las ventanas. María, quien era la compañera más pequeña le tenía mucha fobia a los sapos, del susto se metió por debajo de la silla quedando atrapada entre las varillas y el cojín, ya que era de una contextura gruesa. Daniel y José, como pudieron la sacaron y la arroparon con una cobija de lana. Sentía mucho frío, pues el aire parecía que estuviera cargado de hielo.


A las dos de la madrugada, pasamos por el cementerio que nos avisaba que ya estábamos cerca del poblado y así fue, qué a las dos y media llegamos. Tal fue la sorpresa que desde lejos observamos una luz encandecente que rodeaba todo el nevado y por la parte del cráter se veía un rayo de luz de color azul y rojo; de allí salía una cantidad de personitas vestidas de blanco, las cuales se veían muy alegres y parecían estar jugando con globos de diferentes colores alrededor del nevado. Se veía tan hermoso y se sentía algo tan extraño que queríamos entrar lo más rápido posible.


Nos bajamos del bus y al acercarnos al nevado vimos una puerta grande de color café que se abría y nos daba la bienvenida, con un poco de temor entramos y fue tanta la sorpresa al mirar un hermoso jardín lleno de mariposas de varios colores, una cantidad de pajaritos de diferentes tamaños que cantaban y volaban al compás de ellas y una fuente de agua transparente de donde salía una vos que decía: Soy el monstro milagroso, pide un deseo y te será concedido.


Cada uno de nosotros pensamos lo que íbamos a pedir; uno a uno se fue acercando a la fuente y su deseo fue concedido; cuando me tocó el turno, antes de pedir el deseo, que era poderlo conocer, la voz me dijo: no me pidas eso, porque no te lo hare, solo seré visible el día que me canse de mirar tanta maldad en la gente, destruyendo la naturaleza, acabando con todos los seres indefensos como son los animales, las plantas, contaminando las aguas y peleándose entre ellos mismos para darles su buena lección.


Sentí al monstruo furioso conmigo, trate de salir corriendo, pero las piernas no me respondieron, fue tanto el miedo que me desperté, quede sentada pensando algún día poder hacer realidad ese sueño para poder cumplir el deseo de ver ese ser extraño del que hablo en este cuento.
htierradentro@estudiantes.areandina.edu.co

 
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