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LAS ARTES

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El machismo de las mujeres
Publicado 16/04/2017

Lina Alonso Castillo

Algunas señoras y señoritas de mi ciudad, no sé si del país, son la cruda unión de un feminismo venido a menos y de un machismo cada vez más degenerado. Aquí el problema no es el acoso, el abuso o el supuesto machismo de esta sociedad supuestamente masculina. El asunto es que veo en algunas mujeres la razón y la causa de que las mismas mujeres no puedan ser plenamente mujeres. Perdón por el estribillo.


Ignoremos la victimización empobrecida de prejuicios y pacatería con la que ciertas féminas aun escudan su relación con los hombres. Ignoremos que en la calle, en ciertos ambientes íntimos o entre muchas mujeres se sigue viendo el sexo como una forma de abuso social en los tratos con los hombres, que si un hombre te invita a comer es porque tú tienes que devolver el favor con sexo y eso se ve mal.  En pleno siglo XXI el sexo sigue cargando la mala perspectiva de las cosas. ¿Y él qué tiene de malo? ¿Por qué el deseo se reviste de tanta carga moral aún en tiempos de “liberación”? Ignoremos que de igual forma se ve mal entre tus conocidas que seas la mujer que saca a bailar al hombre, que corteja, que hace las declaraciones de amor y a la que le terminan. De paso, ignoremos que las que somos hijas de una generación de madres católicas y conservadoras hemos tenido el beneficio, a pesar de todo, de distinguir entre las represiones evidentes y las represiones rebuscadas que buscan algunas para victimizarse sin razón de peso.

 

Actitudes
Lo que si no vamos a ignorar es que en Colombia, la huérfana de juicio y originalidad legal, la pena máxima para un violador es de catorce años, y recapacitando que si las penas fuesen mayores nuestro sistema penitenciario colapsaría. Que los feminicidios y los ataques con ácido aumentan. Y que se crean más y más leyes (Ley Natalia Ponce, por ejemplo) para dar una aparente solución al problema. No, atiborrarnos de leyes no es la salida. Yo creería que en lugar de ello podríamos comenzar a redistribuir y visibilizar las actitudes que dañan a la actitud; el afecto y la disposición de hombres y mujeres en la cotidianidad son una mejor opción.


Ahora, el otro asunto aquí es que hay un temor a no tener lugar en el mundo. Se reafirman como ídolos de mármol actitudes y posiciones que intentan sustentar a la mujer entre las otras mujeres. Afirmar su gozo por las compras, por su vida sexual agitada o nula, por su forma de vestir, de lucir o de hablar, por parecer lo más anormal (fuera de la norma), esa necesidad de plantearse en un lugar para ser reconocidas, desde donde fuese, reina en el panorama ético actual. ¿Me equivoco? Tal vez. Y aún así no podría dejar de pensar en lo patético que me parece que todavía se hagan festivales femeninos de poesía, antologías de poesía de mujeres, concursos de poesía para mujeres, como si ese “ser mujeres” fuese una sola cosa, y esa “poesía” fuese algo diferente y determinado cuando está en manos y bocas de ellas. Es algo así como volver a separarse y aún así volver a reclamar unión. Soy de las que cree que la poesía, y mucho menos la escritura, no son cuestiones de género; la poesía no necesita reivindicarse en un lado u otro para poder tener más valía estética.

 

Sin hermandad
No trato de condensar nada. Solo pienso, ahora, que el rencor, la competencia, el sabotaje y la falta de hermandad no dejan plantear los verdaderos problemas a los que tiene que enfrentarse la mujer en el siglo XXI, y con ello me refiero a la obrera, empresaria, lesbiana, hétero, blanca, negra, a todas con todas sus variantes. No hablo de lucha ni de integridad, que al final derivan en espectáculo para algunas damas. Hablo de que actitudes como considerarse enemigas entre mujeres y causantes del maltrato hacia ellas mismas, hablo de seguir pensando que la amistad entre hombres y mujeres no puede generarse, de que la entera comprensión entre unos y otros solo es posible si uno es el amuleto o la muletilla del otro. Solo quiero plantear una falencia muy latente en las relaciones humanas, una falencia que sobrevive en muchos espacios y en diferentes situaciones.


Frágiles y perecederas como toda la humanidad, fluctuantes en el deseo y en el miedo como toda la humanidad, así creo que debería entenderse un poco las cosas. Desde su total naturalización y no desde su recalcitrante exclusión.  No entiendo el afán de las mujeres en reclamar y hacer ruido por un lugar que perfectamente tienen y podría mejorar. Como agente económico e ideológico, más empoderado en algunos continentes, la mujer ahora no podría arriesgar las luchas pasadas por la pobre actitud de no sustentarse unas y otras. Y con sustento hablo de las condiciones materiales y éticas con las que unas se manifiestan ante otras. Un ejemplo: dejar la actitud inquisitiva y represiva entre las mismas mujeres, y fortalecer espacios de debate, integración y crecimiento de la producción intelectual y cultural de las mujeres para el mundo.

 

También podemos
Sabemos que en estos tiempos de difícil colectividad ya no se rastrean luchas en común. El “nosotras también podemos” está más que claro, solucionado y reforzado. El reto es dejar de lado la quimera de la igualdad. ¿Por qué pretender que hombres y mujeres somos iguales? ¿Es necesario que seamos iguales? ¿Cuál es el temor a confrontar esa diferencia, a respetarla? ¿Se debe asumir un rol masculino para validar e integrar, como mujeres, más discursos a la formulación de un pensamiento sobre los asuntos que nos interesan?


Sólo me resta terminar con quien empecé esta nota: “Antes de que podamos perdonarnos unos a otros, tenemos que entendernos”. Emma Goldman.

 
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