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LAS ARTES

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El monstruo de la calle 20
Publicado 07/01/2018

Alfredo Cardona Tobón

Una crónica incluída en las “Remembranzas”  de don Diego Avellaneda  Díaz, tiene como escenario el Pereira de los años treinta del siglo pasado, con los agentes viajeros, el  Hotel Savoy como su centro de operaciones y  las  inolvidables  retretas en el Lago Uribe Uribe. Era la época del Conde Drákula, de Frankeistein, de los hombres lobos, de las invasiones marcianas, de las apariciones del diablo y de las  ánimas del purgatorio vagando por estos andurriales en busca de  almas pías que las sacaran de las llamas.

Siguiendo la  tradición del capitán Asnoraldo Avellaneda,  su hijo don Diego Avellaneda publicó  en “El Diario de Otún”  una serie de artículos sobre personajes y  acontecimientos  locales; en uno de ellos se refiere a la aparición de un “monstruo”  en la calle 20  con carrera 12, que por varios días mantuvo en vilo a la comunidad pereirana.

La presencia del espanto  en  la cueva de un barranco no se regía por horario ni calendario, aunque, como afirma don Diego, el  monstruo prefería las horas de los gatos, es decir cuando la  tarde se oscurecía y entre tonos grises se iba convirtiendo en noche.

Por ese entonces una lámpara solitaria alumbraba el sitio ocupado por el ser de ultratumba; su débil luz se perdía entre las tinieblas que arropaban la calle desierta por donde  solo cruzaban quienes buscaban el camino hacia las veredas de Mundo Nuevo y unas casas de mala muerte del barrio Mejía Robledo.

Apenas se regó la bola de la aparición del “monstruo”, los  especialistas en  fantasmas y duendes,  armados con escapularios y botellas de  agua bendita, montaron guardia para enfrentarlo y mandarlo de regreso a los profundos infiernos; animados por unos cuantos tragos de aguardiente esperaron pacientemente que el ser de ultratumba se manifestara, se dejara ver, diera indicios de su presencia  o dejara  alguna huella en la cueva. Pero perdieron el tiempo. Sin embargo  no  faltó quien dijera que había visto al espanto, sentido el olor del azufre o escuchado  los ayes lastimeros de un  alma en pena.

Todo podía suceder en esos tiempos en que Clara Bow se gozaba a John Wayne y  a su equipo de fútbol, era famoso Boris Karloff, actor de las películas de terror  y la gente creía a pie juntillas que gigantescos simios semejantes a King Kong  vivian en las selvas de Indonesia.

En la época de la aparición del “monstruo”,  don Diego  era un muchacho de  pantalones cortos, impresionado, como todos los pereiranos, con el espanto de la calle 20.  Por  eso una noche llena de cocuyos y del canto de los grillos, el pelao Avellaneda se unió a una partida de gente adulta y osadamente se descolgó con  dirección a los dominios del averno.

Como había sucedido con otros cazadores de fantasmas  el “monstruo” no se presentó, pero cuenta uno de los compañeros de don Diego que los pelos se le erizaron al acercarse a la cueva. Aunque no se toparon con el espanto ni escucharon sus doloridos lamentos, los intrépidos aventureros no perdieron el viaje, pues pudieron vanagloriarse de haber desafiado el peligro, ante una comunidad que veía a Lucifer en todas la bocacalles.

La noticia del espanto  atrajo   guaqueros de Santuario, un brujo de Marsella, pitonisos y milagreros de Manizales y Armenia; en  fin, llegó gente de todas partes, unos en busca del tesoro del “monstruo” y los más para enterarse de primera mano de un  suceso con ribetes  tan espeluznantes que nada tenía que envidiar a las obras escalofriantes,  que por esas calendas estaban en boga en los estudios de Hollywood.

El monstruo de la calle 20 con carrera 12,  mantuvo en vilo a Pereira durante varias semanas, hasta que se debeló el misterio, fue entonces cuando la  hilaridad reemplazó al susto, los vecinos volvieron a transitar por la zona vedada y  se calmaron los nervios de quienes  echaron  mano a  tizanas y bebidas de valeriana ante el temor  de toparse con el  “monstruo”   cuando en las noches extendían la mano para  coger la bacinilla que estaba bajo su cama.

¿ Qué  sucedió,  entonces?.
Resulta que en ese tiempo don  Emilio Vélez administraba el Teatro Caldas; al estilo gringo quiso promocionar una película de suspenso y terror  que se presentaría en Pereira después de su estreno en Manizales. Para ello  recurrió a Jonás, el portero del teatro, y lo  vistió  como el  “monstruo” de las carteleras.  Jonás era un negro grandote, de voz carrasposa y aguardentera  y caminado de gorila bravo;era el hombre perfecto para el caso. Así, pues, a la salida de la película nocturna, Jonás posesionado de su papel terrorífico  asustó a la gente que bajaba por la veinte,  en tanto don Emilio y sus amigos hacían correr la bola de un espanto por los lados de la bomba de gasolina que fundó don Enrique Millán Rubio en la calle 20,  carrera 12 esquina.

En esa  época de pereiranos gocetas , abiertos a todas las novedades, la presencia de  un “monstruo” a pocas cuadras de la catedral sirvió para que se casaran apuestas y se animara el palique en los cafés de la plaza de Bolívar. Dice el cronista que personas  de todos los estratos, de lustrabotas hasta comerciantes   bajaban  en busca del espanto desde la Trilladora Eléctrica de Café ( donde existió  el Teatro Nápoles) y de  la legendaria agencia de alquiler de bicicletas de don Urbano Montes.

 Era como la ida al circo; esta vez no para ver los payasos ni a  los maromeros sino para sentir  al  “monstruo ” que nadie volvió a ver, pues  Jonás después de su debut, no osó  presentarse en público ya que supo de  buena fuente que dos gañanes alebrestados estaban “atisbando” al presunto ser de los infiernos, armados con escopetas de fisto y cañón recortado.
*Tomado de una crónica de Diego Avellaneda

 
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