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LAS ARTES

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El tiempo
Publicado 10/06/2018

Óscar Aguirre Gómez*

“Todo tiene su momento,
Y cada cosa su tiempo bajo el cielo…”. Eclesiastés, 3, 1

¡El tiempo! ¡Somos hechos de tiempo! Misterio impenetrable, el tiempo pasa —¡mentira, somos nosotros quienes pasamos!— y no podemos penetrar en su verdadera esencia. Uno es el tiempo físico y otro el interior, el psíquico. En cuanto al tiempo del hombre en la Tierra, es como un sueño: vivir es un largísimo momento, como lo expresó acertada y bellamente Oscar Wilde. Y Gorge H. Wells sostiene que siempre estamos huyendo del presente. Y es cierto. El hombre moderno huye del presente, en busca de un mundo mejor que no hallará nunca, pues la armonía reside en su interior y él la ignora. De la cuna a la tumba hay un extenso camino que es modelado por miles de rutas mentales —inútiles, por demás— que nos forjamos incesantemente.

La verdad es que el presente existe y no existe: indagamos constantemente acerca de la eternidad, cuando la eternidad es el presente. Vivimos en un eterno presente. Y no es lo mismo este ahora que experimentamos, que el ahora de los astros. El ahora de la estrella más cercana ¡está a 4.3 años luz de distancia! En nuestra imaginación, podemos estar allí al instante, pero la realidad es otra…


San Agustín, Thomas Mann, Einstein, y otros grandes pensadores, afirman que el tiempo no existe, al menos el tiempo que los seres vivos perciben. Cuando se le vigila, el tiempo es lento, cuando la alegría, por ejemplo, cunde, el tiempo vuela…

El tiempo es la secuencia lógica de sucesos, de acuerdo a un pasado, a un presente y a un futuro. Ubicarse uno en el tiempo, en el espacio tridimensional, es relativo porque la mente es ondulante: la amplitud del universo multidimensional la extravía. Por mucho que uno se mantenga atado  al presente, éste se convierte en pasado. Y por mucho que atisbemos al futuro, éste llega inevitablemente, se hace presente y, en consecuencia, en pasado… Podría deducirse, entonces, que todo es ilusión: nada permanece, excepto la sensación, el recuerdo.

El tiempo es relativo
El tiempo, pues, es relativo a la conciencia humana. Varía, siendo matemático, de acuerdo a su percepción interior. “Una hora puede parecer larga, otra corta. Son las reacciones emocionales las que colorean nuestras impresiones”, anota Andrew Thomas. El color del tiempo puede ser tenue o vivo según nuestro estado de ánimo. Y hay horas grises y horas brillantes. La danza de las horas tiene una música secreta para cada cual.

El tiempo, como la existencia humana, es diverso a pesar de ser una su naturaleza. Y es que la conciencia del hombre es múltiple y su ser puede percibir simultáneamente mil cosas a la vez. Un instante se multiplica y una imagen se duplica ad infinitum de manera geométrica, enriqueciendo su imaginación merced a su mente prodigiosa. En tal proceso, voluntario o involuntario, su yo puede extraviarse en un espacio multidimensional.

Siddharta Gautama le preguntó a un brahmán: “¿Dónde está vuestro yo? Este yo al que os aferráis está en perpetua transformación. Hace años erais un niño de pecho. Luego fuisteis un chiquillo. Más tarde, un adolescente y ahora, sois un hombre ¿Existe una identidad entre el niño de pecho y el hombre? ¿Cuál es vuestro yo, el de ayer, el de hoy, o el de mañana, cuya conservación os es tan querida?”. La conciencia no es el tiempo. Pero el tiempo es conciencia… Es precisamente la conciencia que tenemos del tiempo la que determina su percepción.


Sí, estamos hechos de tiempo. En nuestros sueños varios tiempos se entrecruzan y somos varios a la vez. Los espacios desaparecen y reaparecen al conjuro de una voluntad desconocida. Allí el tiempo habitual desaparece y en instantes transcurre toda una epopeya. Lo extenso se vuelve corto y lo breve se prolonga. “La noche es larga –dice Buda- para quien no encuentra el sueño. El camino es largo para quien está cansado…”. Sin embargo, el tiempo no pasa.

Es nuestra consciencia la que se “mueve”, por así decirlo, en su trayectoria. A esto habría que agregar las palabras de Andrew Tomas: “El tiempo no corre. Son la materia y la conciencia las que se mueven a través del espacio tiempo. El tiempo es un camino sin fin, donde los paisajes cambian constantemente, paisajes que, a veces, son creados por nosotros mismos antes de llegar a un punto determinado en el futuro”. El tiempo es no es un río que corre. Es más bien como un lago en el cual, de vez en cuando, se suceden ondulaciones…


Conjeturar acerca del fascinante tema del tiempo, sería perdernos en un laberinto sin fin… Mientras tanto, invito al lector a explorar sus recuerdos  —la personalidad está hecha de ellos en gran parte—: así se proyectará al futuro y otras experiencias lo empujarán en su ascenso por el universo. Y cuando el misterio del tiempo le inquiete, que escuche la sinfonía El Reloj, de Haydn, especialmente su segundo y tercer movimientos. O también, la Danza de las horas, de Ponchielli… Pero, si desea algo más serio, lo invito a  que escuche el Cuarteto para el fin de los tiempos, de Oliver Messiaen y, ¿por qué no?, a que lea mi poema, mientras contempla el cuadro La Melancolía, de Durero:

Yo soy aquel
¿Soy aquel que pasa?
Sólo soy quien va y viene...
en pos del momento puro,
me lo ha dicho la noche.

Todos los días la hora son
que de ordinario sin sentirla
me abruma:
¡Regresa tiempo!

Horas, sonidos silvestres,
Horas, mecánica rutina
Horas, danza cóncava.

No vertieron en vano su palabra sabia
los magos de Oriente
en mi oído desierto:
¡Tú eres eso,
de conciencia y tiempo
estás hecho!
¡En ti  la palabra eterna vive!

Noche abisal,
soñando voy
entre risas y llanto
a la par que un río
de rostros que huyen al vacío
arrastra mi alma y  de su ámbito
la sustrae
llevándola a la tiniebla
aunque la luz reine en el espacio...
¿Quid est veritas?
¡Incomunicable cuestión!
Tiempo incomenzado,
espacio sin límites,
¿cuál es vuestro centro?

¿Qué es lo más elevado?,
interrogo. Mi sombra se detiene,
la noche calla...
¡La Verdad!
responden los arcanos,
¡Una es la ciencia y
uno el camino!
Entonces...   mi destino construyo:
arquitecto soy de mí mismo.
*Director de la revista IRIS

 
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