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LAS ARTES

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Juan Gossaín, el novelista que escribe mientras contempla el mar
Publicado 15/07/2018

José Miguel Alzate 

“Los crucigramas son para mí el mejor entretenimiento. Yo no veo televisión ni escuchó radio. Mi mejor pasatiempo es llenar crucigramas. Tengo en mis archivos más de cinco mil resueltos”. Cualquiera podría pensar que un hombre que se retiró del periodismo para dedicarse a escribir no dedica su tiempo a resolver crucigramas. Pero para Juan Gossaín este es un ejercicio que le permite mantener la mente en calistenia.

 

El primer cuento lo escribió cuando contaba apenas con once años de edad. Era estudiante de quinto elemental en el Colegio La Esperanza, de Cartagena. Sus padres lo enviaron a estudiar allí, como interno, porque en San Bernardo del Viento no había sino hasta tercero de primaria. Lo tituló “El ancón”. Era una historia sobre una piedra inmensa que lleva ese nombre. Estaba en la orilla del mar, y decían que guardaba en su interior los tesoros de los piratas. Mucha gente se subía a ella con el ánimo de extraer las riquezas que tenía adentro. Pero la piedra se hundía con ellos. Para salvarse, tenían que jurar que nunca más volverían a hacerlo. Entonces la piedra emergía del agua, y todos salían corriendo. Lo publicó en el suplemento literario La mala palabra, que circulaba los sábados con el Diario de la Costa.

 

Su nombre es Juan Antonio Gossaín Abdala. Pero en Colombia lo conocen, simplemente, como Juan Gossaín. Es hijo de un inmigrante libanés que llegó a San Bernardo del Viento con la oleada de turcos que arribaron a América Latina después de la Primera Guerra Mundial. Juan Gossaín Lajud, como se llamaba su padre, montó en el pueblo un negocio que se llamó Almacén Jeannette. Tenía un mostrador de vidrio donde se exhibían telas, camisas, azúcar y sal, una revoltura de productos que hace pensar en una miscelánea donde la gente encontraba desde un cuaderno hasta un par de pilas. De niño, este hombre a quien le cambió la vida después de que envió a El Espectador una crónica sobre la extraña aparición en San Bernardo del Viento de unos cajones inmensos de madera que contenían un hospital prefabricado, debió hacer de mensajero para entregar en las casas algunas de las compras que le hacían a su papá.

 

Todos los días, antes de las cinco de la mañana, Juan Gossaín se instala en el mirador que desde su apartamento en el piso 23 de una torre en la bahía de Cartagena le permite ver “el espectáculo incomparable del amanecer que revienta como una rosa sobre el Caribe”. Entonces ve cómo el agua del mar se pone roja y amarilla mientras en el horizonte empiezan a aparecer los rayos del sol, que en Cartagena asoma más temprano que en el resto del país. Es cuando contempla, sorprendido, las bandadas de gaviotas y alcatraces que, en pacífica convivencia, surcan el cielo de la bahía en busca de alimento. Se acomoda en una silla y, poco a poco, empieza a devorar libros. Esta es, ahora, su rutina en la mañana. Una tranquilidad que alcanzó después de haber sido director, durante 26 años, de Radiosucesos RCN.

 

En San Bernardo del Viento, un pueblo bañado por las aguas del Río Sinú, este periodista que alguna vez fue empleado de una empresa arrocera encontró las historias que lleva a los libros. De allá es ese personaje que en La balada de María Abdala se llama Lamparita, un hombre humilde que debe enfrentar, desde su lecho de enfermo, la osadía de su perro para robar en todas partes sin dejar huella, y luego dejar a un lado de su amo lo robado. Ocurrió en ese pueblo donde el papá de Juan Gossaín se convirtió en compadre de todos porque cargó más de quinientos niños en el momento del bautizo. Fue tanta la influencia del padre del escritor que los pobladores lo buscaban para pedirle consejos. Llegaba un hombre y le decía: mire don Juan: el hijo de Carmencita quiere casarse con mi hija, pero a mí ese muchacho no me gusta. Si usted me dice que lo acepte, yo lo acepto.

 

Llegar a la redacción de El Espectador fue para Juan Gossaín una sorpresa. La crónica que envió desde San Bernardo del Viento le abrió las puertas del periódico. Acababa de terminar sus estudios de bachillerato. Después de hacer un curso de contaduría, (de tenedor de libros, dice él) regresó a su pueblo para trabajar en el molino de arroz de unos primos. Por esos días descubrió los cajones gigantes de madera en una bodega de la alcaldía. Como no registraban remitente, la gente tenía miedo de abrirlos. Una noche se metió con un compañero de trabajo al lugar en donde estaban guardados. Lo que descubrió lo impresionó. Era un hospital armable, enviado desde Londres. Fue ahí cuando escribió ese texto que tituló “Esto tiene que ser un milagro”. A los cuatro meses le llegó un pasaje pagado por El Espectador para que se fuera a trabajar a Bogotá.

 

Fue en el Colegio la Esperanza donde se dio cuenta de que su proyecto de vida estaba en la literatura. Como era un estudiante travieso, de esos que le tiraban tiza al profesor y le escondían los cuadernos a sus compañeros, era castigado con frecuencia. En los nueve años que estuvo en el plantel lo encerraron cuarenta veces en la biblioteca. El castigo fue para él un premio, porque empezó a devorar libros. Pero no le atraían las historias para jóvenes. Buscaba libros de trascendencia. Le comentó al profesor José Manuel Guerrero, que en el colegio apodaban el papa Guerrero, (porque decía que era infalible) de su inquietud por la lectura. Y sin pensar que en él iba a encontrar un estímulo a su vocación, aceptó las sugerencias que entonces le hizo. Fue así como llegaron a sus manos dos obras que serían definitivas en su formación como escritor: El Quijote de la Mancha, de Cervantes Saavedra; y Romeo y Julieta, de William Shakespeare.


La pasión por los diccionarios le viene como herencia. Como el personaje de La balada de María Abdala, Don Juan Gossaín Lajud, su padre, empezó a leer diccionarios apenas unos meses después de haberse establecido en San Bernardo del Viento. Los leía con tanta pasión, que terminaba enamorado de las palabras. Bertha Abdala, su mujer, que lo veía caminar por el largo corredor de la casa después de que cerrara el almacén, le decía que si se iba a alimentar de eso. Ella no entendía cómo un hombre en sus cabales dejaba de atender a los clientes sólo por no apartar la vista de un diccionario. Fiel a la herencia, el hijo muestra hoy, orgulloso, los 124 diccionarios que tiene en su biblioteca. Entre ellos sobresalen los doce tomos del Diccionario de construcción y régimen, de Rufino José Cuervo. “Yo soy verbívoro: como palabras; me alimento con sopa de subjuntivos, sudado de gerundios, jugo de adverbios y postre de sustantivos”, dice como para aclarar cualquier duda.

Juan Gossaín es el tercero de cinco hijos. La suya es una familia unida. No tuvo, como García Márquez, once hermanos. Pero el escritor considera que su familia es numerosa porque de niño todos sus amigos eran como sus hermanos. Sobre el tema cuenta esta anécdota: “Una tarde iba con mi mujer por el centro de Cartagena y, de repente, de un bar sale un hombre vestido de mesero. Al verme, se me abalanza y me da un abrazo, diciéndome: ¡Qué hubo, hermano Juancho¡ Margoth, sorprendida, me dice: no sabía que tuviera otro hermano. Entonces me tocó explicarle que ese hombre había sido mi compañero de clase en la escuela, en San Bernardo del Viento”. Es que el periodista que todas las mañanas editorializaba en la radio sobre los problemas de Colombia se levantó en un pueblo donde no existían las diferencias sociales. Allí no había una escuela para ricos y otra para pobres. “Todos nos tratábamos como hermanos”, sentencia.

 

Conserva esa que el mismo llamó “horrenda voz de sirena de buque”. Dice que desde niño ese ha sido el sonido de su voz. Entonces cuenta que cuando tenía ocho años su mamá lo obligaba a trabajar los domingos en el almacén. Él se hacía detrás de la vitrina. Como era tan pequeño, los compradores “se espantaban cuando oían aquel gruñido de viejo sin saber de dónde salía”. Así explica el tono de esa voz que toda Colombia identifica porque durante más de cuarenta años entró a las casas sin pedir permiso. Pero insiste, contra lo que dicen sus admiradores, en que su voz no le ayuda. Tanto, que en una entrevista que le hizo Edgar Artunduga se atrevió a decir: “Cada vez estoy más convencido de que con esta voz que Dios me dio lo mejor que pude haber hecho fue quedarme callado”. Quienes lo admiran no piensan lo mismo. Para muchos, esa voz tiene una cadencia melódica.

 

Podría decirse que Juan Gossaín sigue los pasos de García Márquez. Todo porque en sus vidas ha habido coincidencias afortunadas. Como al autor de Cien años de soledad, la suerte de vincularse a El Espectador le llegó de sorpresa. Al hijo del telegrafista de Aracataca cuando Alvaro Mutis fue por él a Cartagena para llevárselo para Bogotá. Al periodista de San Bernardo del Viento cuando Guillermo Cano empezó a preguntar por él porque le gustaron las notas que le enviaba. Ambos se convirtieron en figuras nacionales; García Márquez como cronista y Gossaín como periodista radial. Mientras al hijo de Luisa Santiaga Iguarán le publicaron su primer cuento cuando apenas tenía veinte años de edad, al hijo de Juan Gossaín Lajud se lo publicaron a los once años. Después de publicados esos primeros cuentos, a los dos los invitaron para que los continuaran enviando. Esas coincidencias se dan también en los temas. Muchas de las cosas que pasan en San Bernardo del Viento son tan mágicas como las que pasan en Macondo.

 

A García Márquez lo conoció, por casualidad, en Cartagena. Durante los encierros en la biblioteca, Juan Gossaín se encontró el libro La mala hora. Como supo que el autor era costeño, lo leyó con interés. Un día se enteró de que en el Festival de Cine de Cartagena iban a proyectar la película Tiempo de Morir. Enterado de que el guion era de él, buscó la forma de ir a verla. Como en el colegio no le dieron permiso, se voló. Vio la película sin pensar que podría conocer al escritor. Sentado en una butaca, disfrutando la historia de Juan Sayago cuando vuelve a su pueblo después de pagar una condena de 18 años, escuchó cuando uno de los personajes pronunció el nombre San Bernardo del Viento. Lo llenó de emoción que su pueblo fuera nombrado. Al terminar la proyección, vio al novelista recostado contra una pared. Entonces se le acercó, y le preguntó por qué había hecho mención a su pueblo. La respuesta del escritor fue contundente: “Porque es un nombre muy hermoso”.

 

Ha escrito páginas memorables sobre su pueblo, rescatando la idiosincrasia de su gente, narrando historias llenas de fantasía, mostrándole al país una región rica en leyendas. Al leerlas, la gente se da cuenta de que tiene frescos los recuerdos de su infancia en un poblado que lo marcó por la solidaridad que reinaba entre su gente. Por esta razón, nadie creería que desde ese 4 de septiembre de 1969, cuando abandonó San Bernardo del Viento, Juan Gossaín nunca ha regresado a ese espacio geográfico donde descubrió cuenteros fantasiosos que nutrieron su imaginación. Lo ha dicho públicamente: “No quiero regresar a mi pueblo”. El cronista le pregunta por qué tomó esa decisión. Y mirando las gaviotas que vuelan sobre las olas, contemplando ese paisaje espléndido que le ofrece el mar cuando parece besarse allá a lo lejos con el azul del cielo, contesta: “No quiero confrontar la realidad de verme recorriendo las calles de un pueblo que en mis recuerdos siempre aparece como un referente de mis años de juventud”.

 

Colombia tiene conocimiento de que Juan Gossaín es un apasionado por los crucigramas. En la mañana, antes de sentarse frente al computador, uno de sus pasatiempos favoritos es marcar con un lápiz esos cuadritos en blanco que deben llenarse con letras para formar un nombre. Tomando un periódico que está sobre la pequeña mesa del mirador de su apartamento, lo abre y dice: “Se va a sorprender con lo que le voy a decir: Los crucigramas son para mí el mejor entretenimiento. Yo no veo televisión ni escuchó radio. Mi mejor pasatiempo es llenar crucigramas. Tengo en mis archivos más de cinco mil resueltos”. Cualquiera podría pensar que un hombre que se retiró del periodismo para dedicarse a escribir no dedica su tiempo a resolver crucigramas. Pero para Juan Gossaín este es un ejercicio que le permite mantener la mente en calistenia.

 

Cuando murió García Márquez, el presidente lo invitó al acto en el Palacio de Bellas Artes con que el gobierno mexicano lo despidió. Pero no le aceptó. No porque no quisiera estar allí despidiendo hacia la eternidad a su amigo de muchos años, sino por el físico miedo a montar en avión. La misma razón que le expuso a la Universidad de Columbia, en Nueva York, para negarse a dictar una conferencia. Y la misma que esgrimió ante su editor cuando se programó el conversatorio con Daniel Samper Pizano para presentar su libro Las palabras más bellas en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Es que no quiere dejar de contemplar los amaneceres en Cartagena, ni dejar de sentir esa brisa que llega hasta el mirador de su apartamento en las tardes soleadas, ni dejar de admirar ese sol que se le parece a una yema de huevo cuando empieza a agonizar en lontananza. “Cartagena fue la ciudad que elegí para hacer realidad el sueño de dedicarme a escribir”, contesta cuando se le pregunta por qué no sale de la ciudad.

 

Recordando los personajes que toman vida en sus obras, como ese Cacique Miranda que de anónimo ayudante de chiva pasó a convertirse en un hombre acaudalado, como esa Mayito Padilla que se dedica a regar chismes por todo San Bernardo del Viento, como ese Bolatriste que una tarde se suicida dejándose llevar por el mar, como ese hombre solitario que conversa con un pájaro como si le hablara a un ser humano o como ese otro que mató a un tiburón de una trompada, el cronista le pide a Juan Gossaín que le cuente una de esas historias con que cautiva a sus contertulios. Entonces cuenta esta historia: “Una paisana mía, de nombre Espiritualidad Julio, que tenía 92 años, había comprado su ataúd, y lo tenía en la sala. Como en esa época no había funerarias en San Bernardo del Viento, los ataúdes se compraban en Lorica o en Sahagún. Espiritualidad se acostumbró a dormir dentro del ataúd. Un día se murió alguien en el pueblo, y no había un ataúd para enterrarlo. Entonces ella lo prestó. Con tan mala suerte que cuando Espiritualidad se murió no había ataúd para ella”.

 

Este escritor que es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, que recita con alegría los poemas de Francisco de Quevedo, que tiene frescos en la memoria sus recuerdos de la infancia ha publicado a la fecha las novelas La mala hierba, La balada de María Abdala, Al final del sueño y La muerte de Bolatriste. En cuento tiene publicados Puro cuento y Etcétera. En periodismo La nostalgia del alcatraz, Crónica del día, La memoria del alcatraz y Las palabras más bellas. En estos diez libros están explícitos sus júbilos interiores. Pero también están consignadas sus nostalgias. ¿Qué autor lo ha marcado?, le pregunto mientras hojeo una edición de El Ulises, de James Joyce, que posa sobre la pequeña mesa del mirador. Y este fabulador que escribe historias llenas de magia, que tiene a San Bernardo del Viento como su mayor referente literario, que siente el vallenato con la misma pasión con que lo sentía García Márquez contesta mientras mira el mar: “¿Me creería si le digo que el escritor que mayor influencia ha ejercido en mi es Cervantes Saavedra?”.

 
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