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LAS ARTES

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La antigua Marca
Publicado 06/08/2017

Alberto Antonio Berón Ospina

¿Qué nos puede evocar una marca? Es un signo, que contiene plenas, rutilantes, las cualidades de un objeto.  La ropa, los alimentos, los aparatos, antes de ser  la función de su valor de uso  al cual han sido destinados, representan el logotipo  que se hunde en la piel de nuestra memoria. En los  más jóvenes, crecidos  entre un desfile de objetos tecnológicos y de comida “chatarra”, la marca es una seductora dictadura de confianza  absoluta en esa mano invisible que guía   la existencia y que llamamos con una ligera  metáfora digestiva: sociedad de consumo.

Pero en  los año 75 – 80 del siglo pasado la palabra marca representaba algo distinto para el pereirano que recorría a pleno sol  los comercios. Caminar por la carrera séptima y disfrutar de sus vitrinas iluminadas por el neón  no significaba  lo mismo,  sin contemplar la esplendida vitrina del almacén “LA MARCA”   propiedad de don Evelio “Yoyo” Arango. (Diario del Otún, La extinguida dinastía de Don Heliodoro Arango. Por José Manuel Jaramillo. Publicado 03/01/2016) Allí se ordenaban, en una coqueta y detallada exhibición,  las plumas estilográficas Parker, Sheaffer, Cross, Montblanc, los zipos y encendedores metálicos, con sus finos mecheros que en su momento hicieron la delicia de un mundo mucho más lento, compuesto por fumadores paseantes, conversadores de la calle, lectores de prensa vespertina en los café.

Puestos en un orden preciso, cada uno de los objetos exhibidos, hacían un llamado silencioso a los paseantes: los trofeos que exhaltaban  los triunfos de un ciclista o un futbolista; las bandejas donde se expresaban un logros académicos y deportivos; las coronas que cubrieron de orgullo  las cabezas  de las reinas locales; los cubiertos metálicos que honraron las más esplendidas cenas de la época y que hoy todavía en alguna cena familiar son puestos en la mesa gracias al cuidado de los los abuelos.

Cada uno de esos objetos, tenía algo particular, que les  convertía en piezas únicas. Era la  dedicatoria y la rúbrica que con delicada letra se bruñía sobre  el cuerpo de la pluma o la planicie de la bandeja. ¡Cuantos graduandos  abrieron con  el corazón exaltado la caja finamente empacada que contenía la pluma estilográfica¡ Sobre  la pasta negra o carmesí del instrumento de escritura se asentaba   el nombre que personalizaba y hacía  único y entrañable el obsequio. 

El primer estilógrafo que tuve fue un viejo Parker usado,  que me regaló el tío Arturo Cano. Lo llevé  emocionado al almacén de Don Yoyo. Me gustaba ese ambiente que olía a tinta.  Los objetos puestos sobre las vitrinas invitaban  con delicadeza a la compra y el objeto exclusivo. Yoyo Arango fue un personaje mítico del centro de Pereira. De él dicen algunos, que los azares de la vida  le regalaron suerte y éxito, pero que de igual manera  esa estrella  le abandonó,  en especial   en sus últimos años de vida.

Su almacén se convirtió para muchos, en un punto de referencia del Eje cafetero,  en materia de lo que se llama “el obsequio” o el “regalo”. En esos tiempo, obsequiar una pluma, una bandeja o un encendedor era un regalo que manifestaba el lugar social de la escritura y la taquigrafía. No se expresaba todavía el cariño y la posición social por medio de un viaje a Miami o un Iphone de última generación. Tal vez por eso “La Marca”  representó para la época de finales  de los años setenta  la empresa emblemática que personalizó con firmas y dedicatorias la vida de  la ciudad en crecimiento y progresó.

¿Pero porqué escribo esto acerca de un hombre que apenas conocí  de niño y que me recibía amablemente tras el mostrador?  La razón tiene que ver con que gracias a las plumas, las letras  y las tintas,  aprendí la belleza de la cultura manuscrita, a considerar que le belleza de  un texto está  atravesada por  el objeto con el cual se escribe. Esos objetos que no  se tenían que adquirir ya en Bogotá sino que, las medallas, los trofeos, las bandejas de plata, el mundo esplendoroso de los homenajes  empezó a florecer por la carrera séptima  y poblar así con la escritura muchos hogares de la ciudad: la casa del periodista, del político, del médico, del cajero de banco, del notario, del técnico reparador, de la maestra o la secretaria.

¿Cuántos de nosotros regalamos todavía con el nombre marcado,  instrumentos de escritura  y bandejas de plata para celebrar un aniversario? Han pasado casi  que 40 años y las plumas que se llenaban todas las mañanas con el ritual de la tinta,  fueron reemplazadas por los lapiceros desechables. Cada uno de esos objetos que se adquirían con cuidado y vendían en la ciudad, hoy pueden ser adquiridos sin dificultad en los centros comerciales globales. Pero siento que, el misterio color plata y aluminio de esas vitrinas y de esa ciudad se ha extraviado  en algún recoveco del pasado.

 
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