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LAS ARTES

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La mujer en la ventana
Publicado 24/06/2018

La primera novela de A. J. Finn es un homenaje a La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, y al misterio de los clásicos del cine negro. Un homenaje encerrado en un thriller de alto voltaje que ha fascinado al mismísimo Stephen King y que se ha convertido en un fenómeno internacional de la talla del Perdida de Gillian Flynn y La chica del tren de Paula Hawkins. Un thriller que se pregunta cómo conservar la cordura en un mundo en el que nada es lo que parece.

Sobre la novela
La mujer en la ventana jamás habría existido, de hecho, según confiesa su autor, un editor metido a escritor que llegó a tener un trastorno muy parecido al que sufre la protagonista de esta historia por culpa de una severa depresión que acarreó durante 15 años, si no hubieran existido la propia Gillian Flynn ni Kate Atkinson, dos de sus principales referentes literarios. Referentes a los que sigue de cerca en su primera novela, que tiene como protagonista a una mujer, porque así fue cómo se le apareció el personaje.


Cuenta Dan Mallory -el nombre que se esconde tras el seudónimo de A. J. Finn- que él no quiere ser la clase de autor que se deja llevar por sus personajes, él quiere mantener el control en todo momento, por lo que primero planeó cómo sería exactamente Anna, la terapeuta infantil de pasado tormentoso que acaba siendo testigo de un aparente asesinato que quizá no sea lo que parece.
También, que adora el cine negro, en especial, el cine de Alfred Hitchcock, y que estudió a fondo la obra de Patricia Highsmith en la universidad -Oxford-, y que lo suyo ha sido, desde siempre, el thriller psicológico. Pero insiste en que sin el éxito de Perdida jamás se habría atrevido a escribir una novela como esta.


El tormento de Anna no es tan distinto, como tendrá el lector oportunidad de descubrir, del de Jane Russell, la supuesta víctima de esta historia. Ambas tienen una relación no del todo convencinal con sus hijos, y es esa relación la que está en el centro de la novela, en el que podría decirse que no hay una sino dos mujeres en caída libre.


Ambas jugaron con fuego y se quemaron, y acabaron perdiendo lo que más querían, lo único que, en realidad, querían. He aquí la lección moral, la moraleja, de la novela de Mallory, un debutante que, sin embargo, tiene muy claros los códigos del género y disfruta dibujándolos, aplicando la tensión necesaria para mantener al lector en vilo hasta el final.

Su atractivo

El punto de vista de La mujer en la ventana es uno de sus principales atractivos. Es la propia Anna Fox, en una fascinante primera persona, una primera persona tan cercana como aquella que confiesa sus secretos a su diario – después de todo, la historia no tiene forma de diario íntimo, pero puede leerse como una suerte de elaboración de lo que habría sido ese diario –, la que nos cuenta lo que está pasando.

Y así, el lector, va sumergiéndose en su vida, primero aparentemente descuidada, una vida en la que el alcohol tiene una presencia constante, y en la que el mundo exterior apenas es ruido de fondo, o detalle curioso que fotografiar para escapar de la rutina, y luego, misteriosamente apasionante, e incluso, peligrosa, a medida que se desarrollan los acontecimientos, y Anna empieza a preguntarse si las cosas son lo que parecen o no lo son en absoluto.


Es así, mediante este punto de vista, que, por momentos, vuelve al pasado y reconstruye lo que el lector desconoce de la protagonista, como se mantiene en todo momento la tensión narrativa, pues el narrador en primera persona es un narrador que a menudo no proporciona más que ángulos ciegos de la historia que está contando, lo que hace que el misterio aumente y que la necesidad del lector de saber más se acreciente por momentos.

Además, en el caso de Anna, su sentido del humor, sus intentos de reírse de sí misma, de su propia situación, de, incluso, sus problemas con el alcohol, y lo absurdo de sus clases de francés y de todas esas partidas de ajedrez de las que nunca podrá hablar con nadie de carne y hueso, es un valor añadido a la historia, que, como sólo se descubrirá más adelante, aparenta algo que no es, y ese giro (casi) final es tan demoledor como dolorosamente necesario para entenderlo todo.

Lo que dice el autor
“No temía escribir sobre una mujer. En cualquier caso, cuando el personaje se me apareció, lo hizo así, como una mujer. He oído a autores decir: “Nunca hago ningún plan. Me gusta que mis personajes me sorprendan”. Yo no soy de esa clase de escritor. Yo planeo todo el rato, precisamente porque no quiero que mis personajes me sorprendan – si lo hacen, puede querer decir que mi medicación ha dejado de funcionar. Anna debía ser mujer, y ahora entiendo que debía serlo porque en el centro de la historia está la relación entre padres e hijos. Yo no tengo hijos, pero creo que el vínculo entre padres e hijos es a la vez hermoso y poderoso, y entre madre e hijos es aún más especial. Y ése es el corazón de la historia”.

El autor
A. J. Finn es el seudónimo tras el que se esconde Daniel Mallory, un reputado editor neoyorquino de 38 años que sufrió una depresión parecida a la que sufre Anna Fox, la protagonista de su primera novela, una depresión que lo mantuvo de los 21 a los 36 alejado de casi todo, y que quería, por todos los medios, contar su historia, pero, convencido de que a nadie le gustaría leer sobre alguien deprimido, decidió que mezclaría lo que le había ocurrido, sus sentimientos de aquellos años, con el argumento de su película favorita de todos los tiempos: La ventana indiscreta, de Alfred Hitchock.

Así fue cómo nació La mujer en la ventana, novela que debutó en el número 1 de ficción de la lista de best sellers del New York Times a la semana de salir a la venta, y se ha vendido a 39 lenguas. Se la compara, por lo imparable del fenómeno y, sobre todo, la coincidencia en la acogida por parte de crítica y público, con Perdida y La chica del tren. Fox 2000 prepara la película.

 
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