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LAS ARTES

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Las venas abiertas de Eduardo Galeano
Publicado 05/08/2018

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

El 13 de abril de 2015 murió Eduardo Galeano a los 74 años. Este hombre autodidacta que fue obrero, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, se reconoció más en sus oficios que en su condición de escritor e intelectual. Combinó en sus relatos el humor negro y la fina ironía con la crónica periodística y la lectura política, componentes fundamentales de esa visión crítica, dramática y cruda de una realidad que trató en vano de comprender. La mejor descripción de su vida y obra la hizo la universidad de la Habana cuando recibió el doctorado Honoris Causa en 2001: “Un recuperador de la memoria real y colectiva sudamericana y un cronista de su tiempo”.

Hablar de Eduardo Galeano es recordar las oprobiosas dictaduras de Juan María Bordaberry en Uruguay, Augusto Pinochet en Chile y Rafael Videla en Argentina que lo declararon objetivo militar durante los fatídicos años 1973 – 1976. En 1985, después de su exilio en España durante 9 años y donde escribió la trilogía “Memoria del Fuego”, volvió a Montevideo durante el gobierno de Julio Mario Sanguinetti. Fue entonces cuando fundó el semanario “Brecha” con sus compañeros de viaje: Mario Benedetti y Hugo Alfaro y comenzó su lucha contra una Ley de Caducidad que buscaba impedir los juzgamientos de los crímenes cometidos por la dictadura militar en su país a lo largo de 12 años (1973-1985).

Ocho doctorados Honoris Causa, tres premios literarios y cuatro distinciones importantes, forman parte de su portentosa biografía. Testigo de primer orden y, por qué no, protagonista del acontecer político y social de América Latina, lo convierten en uno de los personajes más importantes de los últimos 50 años. Las palabras del presidente de la Fundación sueca que entregó el galardón Stig Dagerman en 2010, lo resumen todo: estar “siempre y de forma inquebrantable del lado de los condenados (…), transmitir su testimonio mediante la poesía, el periodismo, la prosa y el activismo”. Una de sus obras (“Las venas abiertas América Latina”, 1971), ayudó a tomarle el pulso a nuestros febriles sueños libertarios y juveniles.

Allí escribía: “La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás; por lo que fue y contra lo que fue, anuncia lo que será”). 32 años más tarde de la reseña final de “Memoria del fuego” (“Contribuir al rescate de la memoria secuestrada de América Latina, tierra despreciada y entrañable”), repasamos un artículo de Eduardo Galeano (30-12-07) difundido por el diario argentino “Página 12” (“La paradoja andante”) donde se anunciaba la publicación de su nuevo libro (“Espejos. Una historia casi universal, 2008”), título extraído de un canto indígena Dakota: “los espejos están llenos de gente. / Los invisibles nos ven. / Los olvidados nos recuerdan. / Cuando nos vemos, los vemos. Cuando nos vamos, ¿se van?”.

“La idea de que el cuerpo es objeto de culpa y no una fiesta, y de que hay un sexto mandamiento que prohíbe el acto más maravilloso del mundo, me jodió la vida. Todavía me pregunto por qué el único Dios que no hace el amor fue el que me tocó a mí (…). Cada vez que lo pienso, siento pena por él. Y entonces, le perdono que haya sido mi superpapá castigador, jefe de la policía del universo y pienso que al fin y al cabo Dios también supo ser amigo en aquellos viejos tiempos en que yo creía en él y creía que él creía en mí. Entonces paro lo oreja a la hora de los rumores mágicos, entre la caída del sol y la caída de la noche, y me parece escuchar sus melodiosas confidencias”.

Su obra nos enfrenta a un mundo lleno de absurdidades y nos invita a la reflexión: por la tentación pecaminosa de Eva, la iglesia católica prohibió desde 1234 que las mujeres cantaran en los templos; por los mismos días cuando se proclamaba la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1793), se dio la decapitación de Olympia de Gouges por haberse atrevido a proclamar los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana; el obelisco de Buenos Aires está situado en la avenida General Roca; la avenida más larga de Uruguay se llama General Rivera: ambas respectivamente, llevan los apellidos de los exterminadores de los indígenas tehuelches de la Patagonia y los últimos indios charrúas.

¿Qué diría Galeano de nuestra contrasentida realidad, sumida en una red de farsa y demagogia? Avenidas con el nombre de conquistadores genocidas, gestas fundacionales infundadas. La Coca-Cola inventó la Fanta, en plena II guerra mundial para el mercado alemán; la IBM, a su vez, hizo posible la identificación y clasificación de los judíos con el sistema de tarjetas perforadas, pionera de los sistemas de computación: en las Olimpíadas de 1936, ante la derrota del equipo de fútbol austriaco (patria del Führer) por el peruano (4 – 2), el Comité Olímpico anuló el partido. Compartimos la percepción de Galeano: el mundo es una gran paradoja que tendremos que reconocerla y con urgencia desaprenderla.

Para Galeano toda realidad es fantástica. La cultura dominante no nos deja ver las imágenes mágicas que ella tiene. Afirmaba que no había una realidad que no contuviera tanta locura y belleza como la que presenta América Latina. Sostenía que éramos impotentes para adivinar el mundo que vendrá, pero sí poder imaginar el que queremos que sea. Entonces agrega: “El derecho a soñar no figura entre los 30 derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed (…)”. Nos exhorta. además, a avizorar un mundo donde se posibilite la acción sinérgica: “esa energía que desarrolla el hacer juntos”.

Con Galeano aprendimos a creer en el valor de las pequeñas cosas: “No acaban con la pobreza, no sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizás desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos. Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que ésta es transformable (…). La perfección continuará siendo un aborrecido privilegio de los dioses… En este mundo confuso y fastidioso, cada noche debe ser vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero”. Con él aprendimos a superar el pesimismo y el nihilismo inmovilistas y reaccionarios.

Aprendimos con él a reconocer esas posturas manejadas de forma utilitaria y maquiavélica desde las distintas esferas hegemónicas de poder. Nos enseñó a luchar denodadamente, con los argumentos propios que proporciona una lectura crítica de la realidad y trascender de esta forma, los condicionamientos sociales y educativos en los que estamos inmersos, todo ello con el fin de forjar alternativas que nos permitan desde la ética, la acción y el diálogo, construir un mundo educativo basado en la (con)vivencia de principios y valores democráticos y alterativos, creando así, “a dentelladas de humanidad”, una sociedad y una escuela incluyentes y respetuosas de la frondosa diversidad del ser humano.

“Atrevámonos a soñar, fijemos nuestra mirada en un punto más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible”, es su sentida exhortación con la que concluye esta apretada semblanza. Una frase suya que siempre llevaremos en nuestro incierto peregrinaje: “La mirada es al mismo tiempo muy visual y muy subjetiva, pero al mismo tiempo muy colectiva en la medida en que uno puede ser al mismo tiempo muchos y, en que, por boca de uno pueden hablar las voces de muchos”. Recordamos aquellas emotivas palabras expresadas en su última entrevista al periodista catalán para el canal 3 de Barcelona: “No vale la pena que vivas sólo para ganar, vale la pena que vivas sólo para seguir tu conciencia”.

 
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