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LAS ARTES

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Mozart, sus conciertos para piano
Publicado 09/09/2018

Óscar Agirre Gómez*

“Mozart alcanza su ideal sólo en los conciertos de piano. Son la coronación y la cumbre de su creación instrumental en general”. Alfred Einstein

Mozart compuso 21 conciertos para piano, si exceptuamos los cuatro primeros que fueron arreglos suyos de obras para piano ya existentes, así como el séptimo, para dos pianos, y el décimo, para tres. Estos conciertos abarcan casi toda la vida compositiva del músico. Entre la composición del N° 5 (1773) —llamado de Salzburgo, que viene a ser el primero y que fue uno de los favoritos del maestro, quien lo interpretó en conciertos hasta el año de su muerte— y el último, el Nº 27 (1791), que muchos entendidos señalan como el verdadero testamento musical de Mozart, transcurren 18 años. Todos están escritos en tonalidades mayores, excepto dos: el N° 20, en re menor, que es el más dramático, y el N° 24, en do menor, considerado como una de las obras cumbres del músico. El pianoforte que Mozart conoció en su infancia, de sonido tenue y más bien ligero, se convirtió a lo largo de sus obras de madurez en el magnífico piano mediante el cual se expresaría el romanticismo.


En vida de Mozart, los conciertos fueron interpretados con gran variedad de arreglos y, sin lugar a dudas, las orquestas disponibles variaban de acuerdo a la ocasión. Un crítico de la época afirmaba que Mozart interpretaba sus movimientos lentos con ternura y buen gusto y siempre de acuerdo a la inspiración de su genio en el momento. Estos movimientos son poesía pura, lirismo vivo.


 “Los conciertos para piano de Mozart significan —anota Jacinto Torres, el insigne musicólogo español—, aún más que sus sinfonías, el más perfecto logro de la expresión sinfónica dieciochesca. Por lo que respecta a la propia producción mozartiana, si hacemos excepción de sus óperas, es en los conciertos para piano donde queda más cabalmente plasmado lo mejor de su expresión y su aportación más firme a la historia de la música”.


Podrían definirse estos conciertos como la síntesis mozartiana. “En el concierto para piano —dice Alfred Einstein-, Mozart dijo la última palabra —si cabe expresarse así— de la amalgamación de lo concertante con lo sinfónico, la cual conduce a una unidad superior, por encima de la cual no fue posible ya ningún progreso, simplemente porque lo perfecto es perfecto”.


Los conciertos para piano de Mozart son el referente más completo de su música. Sintetizan su arte como ningún otro género. Su técnica y belleza van de la mano. Constituyen la aventura que da cabida a lo espontáneo y a lo osado; a lo original y al asomo de nuevas sonoridades. El piano y la orquesta son antagónicos en sabia medida. No buscan sobreponerse el uno a la otra. El concierto mozartiano “deja siempre las puertas abiertas para decir lo más tenebroso y lo más brillante, lo más serio y lo más ameno, lo más profundo; para pasar de lo ‘galante’ a lo sinfónico; para elevar la concurrencia a un nivel más elevado, cabe afirmar que el público que se educó en los conciertos para piano de Mozart y sabe apreciarlos, es el mejor que existe”, señala Einstein.


Las cartas de Mozart del año 1784 nos muestran una imagen de la cultura musical de Viena. Había verdadero entusiasmo por la aparición de obras nuevas. Los críticos entendidos reconocían los trabajos auténticos. Bernard Paumgartner, director de orquesta, compositor y musicólogo, organizador de los festivales de Salzburgo, dice que en esa atmósfera cordial, el Mozart compositor creó para el Mozart virtuoso del piano los catorce bellos conciertos para piano correspondientes a ese y los años siguientes: “Múltiples y variados en su expresión y en sus exigencias técnicas esos conciertos siguen substancialmente los ensayos de los años anteriores, sin perder su antigua forma característica de tres movimientos. En este momento, el concierto para piano empieza a tener un lugar eminente dentro de la obra del maestro. Mozart no pierde nunca de vista el objeto del concierto, que es obtener la primacía de la música de salón. Cada movimiento aparece ensalzado por la profundidad y la nobleza de la inspiración”.


En los conciertos para piano y orquesta mozartianos se conjugan inspiración, gracia y estilo inimitables. Constituyen en sí mismos un universo, reitero; un oasis en medio de la música, no sólo del maestro, sino de la música toda. En ellos Mozart brilló con luz propia y elevó su arte a cumbres sonoras no escritas hasta entonces por otros músicos. “Son, en general, difíciles —así lo declaraba el mismo autor—, pero de una especial dificultad”.


Los conciertos son, en efecto, tanto finos, musicalmente hablando, como difíciles en su interpretación. Pero los define una simbiosis casi perfecta de contenido y expresión. El compositor prefería la orquesta apenas necesaria, para los conciertos de piano. Su orquestación es ideal desde el punto de vista sonoro y estético. En Mozart, el concierto es íntimo. En Beethoven, en cambio, es ampuloso. Los conciertos para piano de Beethoven son dramáticos y tienen mucha fuerza, pero los de Mozart son más profundos: aquí piano y orquesta son contendores dignos mediante un lenguaje elevado. En Beethoven se aprecia un tipo de concierto diferente al ideal mozartiano; en aquél la música es contundente; en el genio de Salzburgo, es más “pura”.

“Precisamente esa marca tan personal de los conciertos para piano y orquesta hace que difícilmente podamos pasar por alto ninguno de ellos, aunque, paradójicamente, a la frívola sociedad vienesa de su tiempo, se le hacía cada vez más indigestos”, indica Jacinto Torres. Por su parte, Einstein concluye: “Nosotros no sabemos de ninguno de sus conciertos, cómo los ejecutó; en vida del compositor publicaron sólo cuatro, y en sus manuscritos autógrafos, aunque anotaba cuidadosamente la parte de la orquesta, no lo hacía con la del solo, y hasta le habría convenido no anotarlo en absoluto, para no tentar a los copistas inescrupulosos. Pues él mismo sabía lo que debía tocar. La parte del solista en la forma que poseemos, es, en todo caso, solamente una indicación de la verdadera ejecución, un continuo pedido de vivificarle”.


Los conciertos para piano de Mozart conforman un universo musical por sí solos. En la arquitectura del  divino arte son un edificio único. Encierran una belleza recóndita, un justo equilibrio. En ellos se entrecruzan en un ir y venir, como dibujos invisibles, las notas más encantadoras. Por otro lado, las frases del piano alegres y tristes a la vez y su alternación con la orquesta multicolor que resplandece, reflejan diversos aspectos elevados de la psique mozartiana, imagen de un mundo superior que vive latente en nuestros corazones y que él adivinó. Imagen que es como el recuerdo de algo perdido, en el sentido que dijera Platón y que el maestro nos muestra con su música. Estos conciertos son música que muestra como ninguna otra un mundo nuevo.

He aquí entonces no sólo la síntesis del arte de Mozart, sino del arte de su época: reflejan el sentir y la expresión del genio, desnudado en su intimidad y filtrando su percepción propia en una expresión, a más de personal, plena de luminosidad, mostrando en acentos ora delicados, ora trágicos, un fruto maravilloso.
Antagónica conjunción del genio de Mozart y el medio en que le tocó vivir, una Viena indiferente a su auténtica grandeza, estos conciertos, podría decirse, serían la música ideal para llevarse a una isla desierta, acompañada del azul del cielo, del viento y de las olas del mar…
*Miembro de El Parnaso Literario, capítulo Eje Cafetero

Los conciertos para piano de Mozart conforman un universo musical por sí solos. En la arquitectura del  divino arte son un edificio único. Encierran una belleza recóndita, un justo equilibrio. En ellos se entrecruzan en un ir y venir, como dibujos invisibles, las notas más encantadoras.

 
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