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Gustavo Pérez González
Apoderados por completo del espacio público, corneta y micrófono en mano sin ningún control, los vendedores informales muestran su peor faceta de la villa de cañearte, ante la impotencia de una sociedad muda, que no se atreve a reaccionar.
Nada que no se haya advertido a tiempo podemos mostrar y lo mas grave; el mal empeora cada vez más, ante la falta de mano dura de la Secretaría de Gobierno Municipal que se ha quedado corta y lenta para actuar.
La informalidad existe en el mundo entero; es una conducta lícita permitida, máxime cuando se ha implantado el desempleo masivo creciente e inmovilizado el verdadero desarrollo económico y social, al romper el equilibrio factico productivo.
Pero permitir la invasión del espacio público en forma absoluta del centro de la ciudad, es una falta de autoridad imperdonable y una ausencia de sentido de pertenencia por lo público y lo social, que requiere solución inmediata de las autoridades y medidas drásticas que le devuelvan el orden perdido a la ciudad.
Yo no tengo nada contra ellos, pero sus arbitrarios derechos conseguidos no pueden atropellar descaradamente los derechos de todos amparados por la ley; apoderándose del espacio público del centro en su totalidad, enferman gravemente el tejido humano e institucional y ningún pueblo de la tierra permite y tolera semejante atrocidad, pues el desorden que protagonizan y el ruido escandaloso que generan, estresan al que sea durante el día y en la noche, ni hablar: lucimos acechantes y peligrosos; verdaderos cuarteles de la indiferencia, la indolencia, la apatía y la falta de sensibilidad social, completan la radiografía cruel que muestra con certeza lo enferma que está nuestra sociedad.
Arrumados como larvas, cientos de personas duermen en las calles ante la falta de protección oficial; mal viejo, que nadie soluciona y que ya es imposible tolerar.
Pero los huéspedes desobligantes de nuestras calles se tornan diversos y desestabilizadores del orden social e institucional; cientos de perros callejeros deambulan hambrientos, enfermos, atestados de pulgas, garrapatas y demás bichos, padeciendo indefensos su destino fatal.
La Sociedad Protectora de Animales brilla por su ausencia; los altos grados de pobreza que padece nuestro grueso social, obliga a sus amos a desprenderse de sus mascotas y la calle es el escenario propicio para su cruel reclamar y protestar; este mal también es viejo, pero su incremento pasa de castaño a oscuro y ya es tarde para ponerle punto final.
Darle solución inmediata a esto tan simple y elemental, es lavarle la cara a la capital; habilitándola para poderla mostrar. Mi pregunta es: ¿Podremos presumir de haber logrado un gran centro comercial, turístico, económico, financiero y de negocios internacionales con proyección mundial, sin poder siquiera ordenar la casa? es claro que no, y menos cuando una nube de desarrapados, sucios y mal olientes son los anfitriones de cara al turismo.
Así es imposible vender, proyectar, construir y plantar ciudad. Algo está podrido en Dinamarca dijo el poeta y es evidente que así no podemos continuar. (1)
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