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Julián Caleño
Los famosos celos y la envidia son parientes muy cercanos, y es muy difícil establecer cuáles son más peligrosos. Están los celos políticos, que como casi todos vienen acompañados de ira e intenso dolor, como los que todavía sienten quienes quedaron huérfanos del poder, derrotados por una de las tantas y bien engrasadas maquinarias politiqueras de la comarca, excelente en el momento y en el cometido de conseguir votos, pero francamente desastrosa en la práctica del cumplimiento para lo que fueron elegidos.
Existen además los celos causados por la traición y la puñalada matrera, como los del expresidente Uribe, con su sucesor, que amparado en su prestigio y en sus votos, salió elegido para hacer todo lo contrario a lo que se había presupuestado en la mente de por lo menos nueve millones de colombianos, estos celos además cuentan con el ingrediente de la falta de huevos, o al menos, al aplastamiento del correspondiente a la seguridad, tan encomendado al nuevo gallo que vino a cantar al gallinero. En el campo de los negocios no pueden faltar, y si un avispado comerciante pone un negocio que empieza a generarle buenos resultados, en cuestión de días, todo el sector estará lleno de comercios similares, haciéndole la guerra.
Pero los que más nos están llevando a la locura colectiva, son los celos de los dueños de las carretas que venden frutas, verduras, yerbas o toda esa parafernalia de productos, de la galería, que no pueden permitir que el megáfono de la carreta que vende tomates, suene más duro que la de los aguacates o la del chontaduro, y otras de las numerosísimas que salen a darle golpes mortales de decibeles, a los indefensos parroquianos. Los celos del hueco más grande también se hace presente y cada administración popular, al parecer vela por tener las calles con más huecos, más grandes y más peligrosos.
Y ni hablar de los celos amorosos, causados en ocasiones por el deseo de tener la nena más refaccionada, atractiva, bien empitonada y de excelente cola, de los alrededores, que al llegar a algún sitio, causa revuelo en los señores y malestar en su mecenas, además de la orden perentoria de nuestras compañeras, cuando dicen “ya empezó a chorrear babas, madure mijo y cierre la boquita, no le da pena” comentarios y refacciones ya obsoletas, puesto que nosotros preferimos la belleza natural y exuberante de nuestras paisanas.
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