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OPINION

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El exilio interior
Publicado 07/12/2017

Gonzalo H. Vallejo A.

Confinamiento, expatriación, extrañamiento o expulsión; aislamiento dentro de un entorno social, familiar, cultural o profesional; destierro transitorio o definitivo… son acepciones del exilio, término que define una realidad sociopolítica tan antigua como el Estado y sus custodiantes formas de conciencia social. El exilio interior se convirtió en una alternativa al dilema ético de muchos intelectuales españoles: huir de su país o resguardarse en su intimidad para sobrevivir a la guerra civil (1936-39) y la dictadura franquista (1939-75). María Moliner, Juan Ramón Jiménez, Manuel de Falla, Pablo Picasso, Paul Casals, Luis Buñuel, José Ferrater Mora y José Ortega y Gasset, testimonian el martirologio político del siglo XX refrendado en el panteón victimario de la égida nazi: Bertolt Brecht, Thomas Mann, Elías Canetti, Stefan Zweig y Paul Celan.


Existe otra semántica del exilio interior: esa decisión autoexcluyente frente a un discurso céntrico de poder o ante la banalidad y el diario acontecer de la condición humana entretejida ésta por la trama y urdimbre de la estupidez cotidiana. Esa decisión personal e indelegable que se constituye en el epílogo de una historia personal llena de hastío y desencanto; esa sensación de asfixia y aprehensión que traduce el deseo de escapar de la uniformidad y el tedioso discurrir de la existencia con su insoportable carga de imperativos y glamurosos códigos de urbanidad; ese estado de ánimo signado por el malestar que producen tantas horas de sobrevuelo inútil y errátil por el pradal de la desilusión y el desarraigo; esa actitud ensimismadora cargada de vértigo y emocionalidad al emprender una aventura valórica disruptora de oprobiosos y enajenantes paradigmas.


“(…) la jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado… ¿Qué haremos con el miedo?”, nos decía Alejandra Pizarnik en “El despertar”, aquel lúgubre y presagiante poema. ¿Por qué ese deseo de escapar del trueque mezquino de silencios cómplices por aplausos y canonjías? Quizás todo ello no sea más que parte de ese protocolo disidente visto como dolosa e injuriosa afrenta y transgresión cuando algún día nos atrevimos a mirar desde el prisma silencioso de la duda y la sospecha y nos resguardamos en el oficio de pensar, soñar y escribir en un vano intento por huir, de pronto, “hacia el otro lado de la noche”, allí donde se navega en aguas profundas sin recibir el oleaje del estigma, la lisonja y el ultraje y se acaricia la rugosidad de la existencia, lejos de esas enajenantes verdades mediadas por el cálculo cicatero, baboseante y oportunista.


Contemplamos perplejos el consuetudinario transcurrir de hechos y actuaciones, esa tragicomedia que entretejen sectas, conciliábulos y cofradías donde la complicidad, la sordomudez y la mutua adulación se convierten en factores de supervivencia. Hemos decidido pues, emigrar hacia el interior de sí mismos como viajeros irredentos e impenitentes buscando lugares íntimos, intransitables para muchos, donde podamos creer en nosotros mismos, tener el valor de servirnos de nuestra propia razón y sentir el vértigo que produce caminar por aquellos lugares inciertos de nuestro bosque interior. El exilio interior se convierte pues, en opción de aquellos que se sienten extraños en un mundo donde sólo impera el deber ser-tener y en una decisión irrevocable de rebelarse contra el régimen autoritario de las ideas con su cortejo servil de acciones y palabras.

 
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