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Jorge Echeverri Hoyos
Estaba yo disfrutando de unas inmerecidas vacaciones periodísticas, pero lo que ocurrió en el Cauca la semana pasada me hizo saltar de la cama y volver con manos temblorosas a la máquina de escribir, así como cuando un sicario toma el revólver -nervioso- después de varios días sin matar a nadie.
Minutos antes de escribir, estuve leyendo a los grandes comentaristas de la Gran Prensa y ninguno me copió la idea en el sentido de que lo que ocurrió en Toribío fue la peor tragedia que ha vivido este país en materia de orden público después de la toma del Palacio de Justicia en la tristemente célebre manguala de las mafias del patrón del mal con el M-19, y después de los magnicidios de Galán y de Álvaro Gómez.
En Toribío, por un día, sucumbió el Estado de Derecho. El Establecimiento entero estuvo a merced de las Farc y de un puñado de indígenas que decidieron derribar las construcciones militares levantadas precisamente para protegerlos a ellos y al resto de población civil. Los guerrilleros se tomaron las carreteras aledañas e hicieron sus retenes y patrullas militares. En ese momento eran las Fuerzas de Control, no solo en las carreteras, sino desde lo alto de las montañas, donde lanzaban tiros y morteros a diestra y siniestra e incluso parece que le dieron a un avión de guerra y lo tumbaron.
Los militares de verdad veían con impotencia como unos indígenas en concierto para delinquir, ejerciendo suave violencia contra servidores públicos y en arrestos de sedición, arrancaban sus barricadas y campamentos y los ponían de patitas al monte, a la intemperie.
Y mientras, el Presidente de la República celebraba un inoportuno y atravesado Consejo de Ministros, que más parecía un “Consejo Descomunal”, según se pudo reflejar en el rostro desencajado del Ministro de Agricultura al lado del Presidente Santos cuando éste entregaba unas declaraciones a la prensa y a la comunidad luego del malhadado Consejo previo de puerta cerrada.
Esa cara de Juan Camilo lo decía todo: estaban a merced del terror. El Presidente y sus ministros fácilmente pudieron haber sido muertos, heridos o secuestrados por la guerrilla o, quizás, pudieron haber quedado en manos de un consejo indígena ad-hoc que si hubiera desarrollado alguna malicia ídem hubiese podido retener al Primer Mandatario y hacerle un juicio político, como lo pretendían los líderes del Eme con el presidente Betancur en las fatídicas jornadas del humeante Palacio de Justicia. Y todo, frente a la impotencia de un ejército sin fuero que entiende que dispararle a un indígena, así sea para salvar al Presidente de la República, sería un desafuero de lesa humanidad.
Santos la embarró yéndose a meter en la boca del león a celebrar una reunión ministerial, pudiendo ir solo, o con su Ministro de Defensa, tal vez a Popayán, si lo que quería era ponerle la cara al terror, sin necesidad de exponer a su gente; los indígenas la embarraron tumbando las barricadas del ejército; pero, en cambio, los que la hicieron “olímpica” fueron las guerrillas de las Farc, que salieron fortalecidas demostrando, sin proponérselo, un inusitado poderío, desafiando al gobierno y a las fuerzas armadas en sus propias barbas.
Santos sirvió, en esos momentos de ingrata recordación, de idiota útil y de mejor asesor de imagen internacional de Timochenko y compañía, mientras el alto gobierno le echa la culpa al ex Presidente Uribe de ser el responsable de la mala imagen de Colombia en el exterior…
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