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Héctor Tabares V.
La tendencia de estos escritos no es exactamente lo mediático y el estar al día en todo lo que en aliente preocupa a una colectividad, en particular, aquella pendiente de la crónica roja y de la página judicial de los periódicos. No obstante, cuando el medio empieza a saturarse de cuestiones relativas al tema, no puede uno menos el de entrar a terciar en ellos, desde luego, bajo otra concepción y criterio.
En n país donde existe una población resistente a todos los embates, de la naturaleza, de la corrupción, de la violencia, pero a la par albergue y hábitat de gente muy capaz, lo suficientemente ingeniosa en el cometido de abordar cualquier tipo de tecnología, indiferente lo avanzada de ella, también dependiendo de la indolencia de grupos interesados en el retraso, el abandono y la negligencia. Y en el penoso y angustioso círculo, aparece un considerable número de razonadores en negativo, respetando y recurriendo a la tolerancia, respecto de los cuales no es posible la apatía.
En principio, aquellos abogando por la pena de muerte, herramienta utilizada en antaño, de algunos rezagos, llamada a desaparecer en atención a la ineficacia del método y al peligro de las equivocaciones al momento de juzgarse y de pronunciar sentencias de esa especie. Apelar a un sistema de esta magnitud, implica sencillamente actuar vengativamente, castigando de similar rigor, al autor de una agresión atroz, comportándonos de manera análoga al delincuente, sin importar si es silla eléctrica, cadalso u otro sofisticado arte de segar la vida.
Un régimen punitivo así concebido, conlleva idénticamente consecuencias funestas verbi gracia, la incapacidad de recoger la prueba plena y fallar al margen del riesgo en el error, entre otros apuros avizorados. La historia, el pasado, las épocas y civilizaciones anteriores, son bases fundadas traídas a colación a efecto de afirmarse, no es la cantidad o grado de sanción el modo de solucionar un problema tan serio como el de la criminalidad.
Un embeleco aunado al comentado, consiste en la castración de los caminantes a través del tormentoso sendero de la violación y de los abusos sexuales. Pretenden la aplicación de un procedimiento de tal clase, a objeto de terminar y de poner en cintura a quienes no la manejan adecuada, normal e inteligentemente. Y entonces vuelve a plantearse el interrogante acerca de cuál será el individuo en quien va a tomarse decisión de ese talante, repitiéndose lo mencionado, en el significado pertinente de la viabilidad, veracidad y validez de los elementos de juicio.
Es decir, regresamos a la retórica de siempre, a buscar el ahogado rio arriba, a especular sobre el impacto, en dictar normas y en legislar referente a lo recientemente ocurrido causando alarma social y despertando la cólera consciente o no de las personas supuestamente ofendidas en su credo, ideología o sentimientos. Aquí no hay una vocación cultural orientada a lo sublime y a largo plazo, a una mentalidad aterrizada en la realidad y en los hechos escuetos mostrados a raudales en la cotidianidad.
No surge un movimiento traducido en la formación propiamente dicha, más allá de la simple educación, en la apertura de centros apropiados hacia la instrumentación de recursos y fuentes de ingreso, complementados con un servicio solvente, idóneo y apto en materia de salud.
Los males no se cortan de raíz a partir de lo ya desarrollado y maduro, deben es prevenirse, no permitir el nacimiento de los mismos. Y en un estilo producto de la reacción lógica ocasionada en la mitad de la tragedia, no resulta sensato acudir a difundir un pensamiento de semejante jaez. La nación ha crecido, posee calidades y cualidades propicias potencialmente factibles de echar mano en el plausible deseo de progresar.
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