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OPINION

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Otra visión de la muerte
Publicado 12/10/2017

Iván Tabares Marín

Nuestra cultura judeocristiana tiene sus orígenes en la filosofía griega con su concepto del alma que se une inicialmente al óvulo fecundado y se separa del cuerpo en el momento de la muerte mientras llega el juicio final para definir su destino eterno.


Sin embargo, el desarrollo de las ciencias nos han llevado a concluir que el alma no existe y que la conciencia de mí mismo tiene una explicación distinta desde cuando se estudiaron las experiencias de aquellos niños recién nacidos que eran separados de los humanos, como en el caso de una accidente de aviación en la selva o como en la leyenda de Tarzán o en el mito de Rómulo y Remo alimentados por una loba.


Estos niños, un poco más de medio centenar conocidos, cuando eran encontrados años después, no hablaban, no tenían conciencia de sí, emitían los mismos gruñidos de la especie que los crió, se asustaban ante la presencia humana y no tenían una sexualidad como la nuestra, esto es, no eran atraídos por un humano. Estos “niños de los lobos”, como se les llama, nos permiten entender nuestra verdadera condición humana.


En primer lugar, sin la asistencia de otros seres humanos no alcanzamos a ser conscientes de nosotros mismos, no surge mi condición de sujeto o persona distinta y separada de los otros. Es decir, no dejamos la condición de los animales o, en términos metafóricos, no salimos del paraíso. No llegamos al “uso de razón” a través de la maduración natural del cerebro sin la presencia o asistencia de otros.


Es la acción delirante, poética y amorosa de la madre o de quien cumpla su función la que realiza el milagro que nos introduce en la especie humana o en una comunidad hablante; la que despierta nuestra consciencia, nuestro yo o nuestra persona; la que nos inicia en la aventura de la libertad. El deseo de la madre marca el destino del niño; su rechazo del crío le ocasionará múltiples problemas afectivos o mentales.


Ese despertar de la consciencia de nosotros mismos organiza nuestra mente como un lenguaje y genera dos registros, el imaginario y el simbólico, que estructuran el mundo mental en el que nos movemos. Con sus cantos, juegos y mimos, el deseo de mi madre crea esa imagen o conciencia de mí que me permite participar del mundo de los humanos y que será mantenida en el diálogo y encuentro con los otros.


Cada vez que otra persona me desee como ser humano, revivirá la experiencia primera y ratificará mi ser, mi dignidad y mi alegría de vivir, todo ello en el mundo ideal de mi condición. Por eso, cuando dejo de existir solo muere mi cuerpo porque mi yo, mi consciencia de mí, no es más que una creación de mi mente y como tal nunca perece.

 
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