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Voló el mayor Abelino nacabera Autoridad y referente kurmadó
Publicado 08/10/2017

“Por allá hubo problemas… tantas cosas, hubo como algo tradicional, mataron mucha gente, otros lastimaron la gente que amenazaron. Tenía un amigo que me dijo: -esa gente está acabando con médicos tradicionales, usted váyase a cualquier parte, desaparezca de aquí-


Pues claro, como siete personas me dijeron, cada uno, váyase de aquí, no se quede aquí. Tenía un marrano grande que lo vendí, allá con gente del monte”, contó hace más de tres años don Abelino, el fundador de la organización de la nación embera en Pereira y de la mayor parte de los indígenas en la ciudad.


También fue líder y autoridad en Pueblo Rico, de donde tuvo que salir desplazado. Y desde hace más de 18 años había dejado su tierra en Pueblo Rico, en la que vivía de modo colectivo para dar un salto al vacío y ubicarse en los lugares más periféricos de Pereira. Su historia, emblemática y de resistencia en la ciudad, es una muestra de la presencia de los emberas en el Eje Cafetero.


Tuvo nueve hijos, deja más de treinta nietos y una familia que puede ascender a más de doscientos integrantes, que terminan siendo los más de cinco mil que tiene la ciudad; los apellidos predominantes son: Nacavera, Ziagama, Tanigamas, entre otros. Los emberas se unen desde las figuras de autoridad y don Abelino, aunque nunca fue gobernador en Pereira, ni ocupó cargos, fue el sabio que los guiaba, y ahora los sigue haciendo con su legado, con lo que les otorgó para continuar su camino ancestral.

“Cada vez que muere un mayor tiembla nuestra memoria”, lo afirma Arahujo Gañán, un embera que ha estudiado las muertes de los sabedores y médicos de las comunidades de origen.

Don Abelino, a sus 82 años, 7 meses y 27 días de vida, abandonó su cuerpo a causa de un paro cardio respiratorio que no logró superar tras 20 minutos de reanimación, y como lo dice su hijo, que es ahora el gobernador de Kurmadó, el cabildo de los indígenas, Conrado Nacavera, liberó su alma para encontrarse en el territorio de Karagabí, la deidad o el símbolo de creación.

Para los emberas, la muerte, significa una alegría, porque luego de haber cumplido con la vocación de vida y dedicar su existir a la comunidad, queda un saber y una satisfacción. Como también no deja de ser un dolor y una angustia por el vacío que deja un ser querido. A esa sombra que nos despide, la nombran con el término de biuda. De modo que se encuentra de luto todo integrante, porque ellos actúan bajo la premisa de que: Todos somos uno y uno somos todos.

Abelino como Jaibaná, tuvo la capacidad de forjar la unidad, sus rituales, su llamado a los jais -los espíritus-, el recordar siempre sus tradiciones, las historias fundacionales, al promover el tejido. Mientras que la cultura occidental elige líderes en los que predomina la individualidad y la egolatría, los embera, tratan de fomentar la necesidad de ser una sola comunidad, con diversos matices y respetan a sus mayores como los reales líderes, los demás son figuras que deben cumplir la norma de: “mandar obedeciendo”.

De las múltiples situaciones vividas por el pueblo Embera en la ciudad de Pereira es el estar fragmentados; habitar en un contexto no forjado para ellos, en especial para la convivencia y la actuación en colectivo, ya que uno de los primeros fenómenos que se viven, son los del aislamiento.
Las ciudades son contextos de vida individuales. Mientras que los embera, como casi todos los pueblos originarios, están constituidos en la idea de una territorialidad, un espacio donde vivenciar sus prácticas. Don Abelino, luchó por esa necesidad, que todavía no suplen, ya que los emberas, viven en los lugares de mayor confinamiento social y donde la presencia del estado es casi nula.

Aunque desde que en el 2011, se promulgó un acuerdo el 043 para prevalecer a las comunidades de origen, y fue el alcalde Vásquez quien reconoció sus figuras de poder y asociación como legítimas -cada año que hay posesión de su cabildo lo hacen con su comunidad y con las autoridades de la ciudad-, y cuentan con respaldos, su situación no es la mejor.


Eso sí, don Abelino, siempre mencionaba un aprecio y un agradecimiento porque nunca fue estigmatizado y por el contrario, Pereira era su tambo mayor. La vivió como si fuera una de sus venas y le aportó, su conocimiento, espiritualidad y legado, impidiendo que los emberas estuvieran más fragmentados de lo que la ciudad les impone.

De nuevo ha vuelto a congregar a los indígenas, esta vez para despedirlo y mantener vivo su ejemplo. Antes lo hizo para reclamar sus derechos y en muchos casos con fuerza y vehemencia hacerse notar y visibilizar, pues si la chaquira es vistosa y constituye un artículo de arte y exposición para los ciudadanos, a ellos se les ha asumido con estigma, negación y una condena social, como si no fueran nuestros semejantes y debiéramos tener orgullo por haber pervivido en el tiempo y sobrevivido ante tantas colonizaciones.

Abelino voló, y su vuelo fue surcado por dos décadas en el pavimento pereirano, sorteando los ires y venires de lo que implica vivir en una ciudad, cuando ellos su modo de vida, lo han generado desde el territorio. El CRIy el cabildo Kurmadó, harán de su historia, una extensión de ese río de chaquiras que son en Pereira.

 
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